domingo, 11 de julio de 2010

Erotismo y humor en las narraciones de Luis Gallegos


Escribe: Jorge Flórez Áybar

A Luis Gallegos lo conocí en la década del 70, aún era un escritor en ciernes. Una mañana cuando me hallaba sentado en el sillón del Dr. Samuel Frisancho Pineda, a quien reemplacé en la dirección del periódico Los Andes por un corto periodo, ingresó Luis Gallegos tímidamente a mi despacho con un artículo que deseaba que se publicara. Le hice una observación y la aceptó. El artículo salió ese mismo día. Y Luis Gallegos desapareció durante una semana. Al término de esa ausencia me confesó que se había escondido y que pasó los siete días atisbando las calles desde las ventanas y azotea de su casa. Era su primer artículo en Los Andes. Pensó que todo el mundo iba a comentar sobre el contenido del susodicho artículo. Al término de su encierro caminó por calles, avenidas y plazas, se encontró con amigos, pero nadie le comentó nada de nada. Ese primer encuentro en el diario Los Andes marcaría para siempre nuestra aventura literaria. Su genialidad para abordar los temas de la región, su fogosidad temperamental y la intensidad de su espíritu aymara hicieron de él un gran escritor.

Nuestra primera aventura fue el periodismo. La revista Titikaka fue nuestra trinchera literaria. Sus páginas convocaron a escritores del país: Ernesto More, José Tamayo Herrera, Ricardo Arbulú Vargas, Estuardo Núñez, Enrique Cuentas Ormachea, Omar Aramayo, Juan José Vega, Gustavo Pérez Ocampo, Augusto Ramos Zambrano, Serapio Salinas, Antonio Rengifo entre otros, animaron la circulación de nuestro vocero. Fue un primer ensayo periodístico. Nuestro ejercicio escritural no estuvo al margen de la bohemia. Nos perdimos innumerables noches de luna en su departamento, o en la casa de Leoncio Flores Valdez, hasta en un parque solitario de la ciudad. A veces nos acompañaba el poeta Alberto Cáceres Gómez o la música de Vicente Achata Vargas o la guitarra (tenía la forma de una calavera) de Andrés-Pupa Dávila. Un día, cuando creímos que la gloria estaba a nuestros pies, nos fuimos a la Ciudad de los Vientos. Nos recibió el poeta José Parada Manrique en su domicilio, le entregamos un número más de Titikaka, se entusiasmó tanto que nos llevó a los kioscos para que allí pudiera no solo exhibirse sino venderse. Aunque Uds. No lo crean ningún kiosco aceptó nuestra revista. El entusiasmo se derrumbó al desandar nuestros pasos. El primer trago que ingresó por nuestras gargantas fue el más amargo. Cuando las sombras de la noche cayeron en la ciudad nos fuimos a la plaza de armas, instintivamente, amontonamos las revistas e hicimos la más grande de las fogatas. El vino, los versos y los discursos fueron el ingrediente de nuestra euforia. Solo recuerdo que amenazamos que nunca más llevaríamos una revista literaria a la Ciudad de los Vientos y que más bien, les venderíamos piedras sobre piedras para que sigan construyendo su ciudad.

El año 1983, Luis Gallegos publicó su primer libro, Dicen que nos van a dar tierras. Cuando leo el título de sus cuentos percibo no solo el chasquido de su sonrisa socarrona sino la intención burlona, a veces teñida de humor negro, que nos hace dudar del mensaje: Dicen que nos van a dar tierras. El término Dicen connota eso y mucho más. Se burla de los políticos: de sus promesas, de sus mentiras, de su acoso sexual, de la corrupción. Pablo Ojeda, en el colofón del libro, expresa: Con fuerza y con entereza, Luis Gallegos retrata críticamente cómo es que los comuneros quedan al margen de la reforma agraria y de la algarabía de quienes entregan títulos y dicen que la tierra es de quien la trabaja. Se aprecia en el cuento la duda del comunero y su desengaño. Este libro tiene varias ediciones. Fue un libro que en su momento sacó chispas, por eso creo que los textos se tienen que analizar teniendo en cuenta el tiempo y el espacio. Por supuesto englobado dentro de su contexto cultural. Después vendrían otros libros: Las voces del viento, Barlovento, Las minas del diablo. Fueron textos que superan al primer libro, pero un padre a veces prefiere al primogénito. Por eso Luis Gallegos recordará siempre el cojudiómetro, relato que se halla en Dicen que nos van a dar tierras. Al escritor Cronwell Jara siempre le agradó leer y releer los relatos y cuentos entre vino y vino y exclamará: Cómo me fascinan sus relatos de tono mítico, por su aparente ingenuidad, pero de honda sabiduría. Después nos llegará su primera novela: Las plagas y el olvido, edición que estuvo a cargo del poeta Alberto Cáceres Gómez. Aquí habría que aclarar algunos hechos: Luis Gallegos se formó literariamente en la universidad de la vida, sus lecturas permanentes, los debates que solíamos tener en su departamento fueron moldeando su ejercicio escritural. Él como escritor era consciente de que el novelista era como una esponja que debe empaparse de la realidad. Proust siempre estaba entre nosotros. Y sabía también que la soledad, la muerte, el absurdo, la esperanza, el amor, la desesperación son temas permanentes de toda buena literatura. Y que todo buen escritor debe estar en su obra como dios en su creación: invisible y todopoderoso. Todo eso refleja la totalidad de su obra porque su experiencia vital fue también grandiosa. Agudo observador de la sociedad que muchos antropólogos y sociólogos carecen. Posiblemente coincidiría con García Márquez que solía decir: Yo no podría escribir una historia que no sea basada exclusivamente en experiencias personales, por supuesto que las experiencias históricas son más importantes que las personales, expresaba Alejo Carpentier. Aunque Borges piensa de otro modo: Los demonios culturales importan más que los históricos: muchas obras he leído y pocas he vivido. Ante estas disquisiciones, Luis Gallegos consideró que la inspiración es un estado espiritual del poeta o narrador excepcionalmente tenso para desembocar luego en la creación misma, a fin de cuentas el novelista es el creador de una nueva realidad o en todo caso de una realidad artística o ficticia. Sin duda que le fue muy difícil ingresar a los predios de las técnicas modernas de narrar. Pero su terquedad le permitió experimentar algunas técnicas como producto de sus lecturas y conversaciones y uno de sus logros es precisamente cuando utiliza ya no a un narrador omnisciente para contar sus historias, sino que atrapa a uno de sus personajes para que lo haga, creando sus propios planos. O sea que la materia no llega en un orden cronológico real de los sucesos sino a través de fragmentos fracturados que corresponden a momentos distintos del pasado, o sea que esta distorsión temporal es paralela a una distorsión espacial.

El enfoque que acabo de plantear corresponde a su segunda etapa creativa, es decir a sus novelas cortas. En ellas experimentó todas las formas que quiso. Los temas, el lenguaje y la composición fueron reinventados. Ingresó a un campo mucho más práctico. Dejó la novela y los cuentos por la novela corta dando inicio a una nueva narrativa. Y aparece un escritor revitalizado, preocupado en profundizar los valores tradicionales, el amor y la fe, le preocupa más la situación angustiosa del hombre moderno que se siente totalmente solo frente a un mundo mecanizado. Por eso sus argumentos no tiene muchas veces un desenlace dramático. Así nos llegará Don Lorenzo Cotillo y su tiempo, La orgía del moro, Tiempo de amores en Saucamarca, La fiesta de la tía Braulia, El coronel de la espada virgen y muchas más. Aparece el erotismo en todas sus formas, incluso él acepta ser el iniciador de la literatura erótica en nuestra región, algunos deslenguados confunden erotismo con pornografía. Hubo cierta confusión conceptual, felizmente fue superado este mal entendido. Las novelas cortas con este nuevo ingrediente le dio al autor muchas satisfacciones. Por un lado, vendía rápidamente los mil ejemplares que editaba. Y por otro, sus lectores le pedían más, incluso le sugerían los temas que debía escribir. Aquí es donde Luis Gallegos descubre que sus personajes deben ser construidos en su naturaleza humana y más realistamente en una sociedad hipócrita que Gallegos supo romper, aplastar. En mi último encuentro le pregunté a boca de jarro, ¿con cuál de tus libros te quedas? Me respondió, con Tiempo de amores. De todo cuanto leí de Luis Gallegos algo quedó en mí, por ejemplo aquella escena donde el jinete Aguilar, al ver a su sobrina, espolea a su caballo y va a gran velocidad a su encuentro, desmonta y le sube la falda a la muchacha, le rompe las bragas y ve un lunar en una de las nalgas y dice, realmente eres una Aguilar. Me parece que este episodio se encuentra en La fiesta de la tía Braulia. Y en ese mismo relato nos cuenta que durante la fiesta los invitados no necesitaban de mozos que les llenaran de vino los vasos porque bastaba con abrir los pilones de la casa para recibir su cuota de vino. Pero el erotismo en las obras de Luis Gallegos aparecen ya en su novela, Las plagas y el olvido: Teresita te amo mucho, la volví a besar, le abrí la blusa y le acaricié los senos, pequeños y muy turgentes (…) bajé mis manos a la altura de su vientre, la tomé de ambas piernas y la suspendí. Cuando supo que el momento estaba próximo empezó a quejarse… (p.75) O en este otro ejemplo: Con el rítmico entrechoque de los pubis el viejo catre empezó a chirriar. En un comienzo el sonido les pareció otro estimulante asociado a la sensación placentera del amor, después el chirrido se tornó monótono y aburrido. La imaginación y la atención de los amantes se concretaban en escuchar la musiquilla producida por el catre y el placer los iba abandonando poco a poco. Villalobos de sus lecturas de la literatura hindú, que dice que el acto sexual viene del cerebro y es cuando le propuso a Sandra bajar al suelo, encima de la alfombra, para concluir con toda tranquilidad el placer, el acto más sublime de la vida. (p.116). La diferencia entre su novela y las novelas cortas radica en que aquella demoraba más en venderse, por eso prefirió las novelas cortas porque salían como pan caliente.

Al desaparecer la revista Titikaka creo que se rompió también nuestra amistad porque me fui como docente a la universidad. La distancia y el trabajo me exigieron dedicación y estudio. Olvidé a los amigos de la ciudad. A Luis Gallegos lo llamé pocas veces por teléfono y la amistad fue agonizando, a pesar de haber encontrado una nueva tribuna, Universidad y pueblo. Le pedí que colaborara con la revista, pero fueron escasas sus colaboraciones. Creo que fui leal al amigo, al camarada, al maestro, al escritor. La siguiente anécdota creo que convalida lo que hoy expreso: El Instituto Americano de Arte me encargó la edición de la revista de la institución, MOSAICO. Cuando salió el primer número de la revista, el presidente del IAA, Walter Tapia Bueno, me dijo: en el siguiente número ya no ponga a Luis Gallegos como Jefe de Redacción. Yo le respondí: Está bien. Cuando circuló el número 2 de la revista Mosaico volvió aparecer el nombre de Luis Gallegos como Jefe de Redacción. Desde esa vez, desapareció Mosaico y yo de la institución.

Ese distanciamiento debilitó un poco la estructura de nuestra amistad, a pesar de que hicimos algunos viajes a las ciudades de Cusco, Arequipa y Tacna. Éramos un grupo compacto: Feliciano Padilla, Alberto Cáceres Gómez (Pacha J. Willka) y Luis Gallegos, por supuesto que yo también integraba la delegación. La comunión de nuestras ideas nos fortalecía. Generábamos polémica y debate. Pero nunca olvidaremos el debate que se produjo en Tacna. Gallegos contradijo todo lo que se había expuesto en la mesa de debates. Padilla y Cáceres hacían los esfuerzos supremos para enderezar conceptos y parte de la historia de los incas. Al final aceptamos que los incas fueron unos tiranos y que construyeron palacios y monumentos con la sangre del pueblo. Hasta ahora me pregunto qué es lo que aplaudieron a rabiar allá en Tacna, ¿fue nuestra participación? ¿Acaso el debate generado desde nuestra propia trinchera? Porque debo suponer que la polémica debió partir del público y no de nuestra mesa. Pero el tiempo me dice que el debate se enriqueció desde todos los ángulos porque se definió nuestra identidad y tomamos posición frente a lo occidental. Después nos perdimos en las chacras tacneñas de Pocollay donde las uvas lloran porque los bohemios beben mucho vino. Sabino Maquera es un poeta aymara, esa noche recitó su poema A la bandera. Esa misma noche, Luis Gallegos sufrió un atentado al apartarse del grupo, un enorme perro casi le baja los pantalones, y en ese preciso instante recordó a Cuellar, personaje de la novela: La ciudad y los perros. Los escritores Sabino Maquera, Fredy Gambeta y otros fueron como siempre los anfitriones.

El 2001 me retiré de la universidad y mis viajes se hicieron constantes y prolongados. Cusco y Tucumán eran mis lugares preferidos. Allí empecé a esbozar algunos trabajos que se fueron publicando en estos últimos años. Hace poco me encontré con Luis Gallegos, conversamos mucho, como antes, pero nuevamente tuve que trasladarme hacia el Cusco. En ese mi viaje pensé en él y en su obra. Ahora ratifico lo que hace años expresé: Luis Gallegos es la bisagra de nuestra literatura, con él se abren nuevas posibilidades en el cuento y en la novela. Y él era un buscador de modelos y nuevas formas de narrar. Si nos detenemos por un instante en las páginas de sus novelas cortas podremos encontrar dos niveles del narrador: cuando se encuentra fuera de la escena (nivel extradiegético) y cuando el narrador cuenta los hechos (nivel diegético). Eso se debe a que siempre fue el primero en rebelarse contra un canon asfixiante y envolvente e hizo lo que quiso hacer. Creo que fue consciente de aquello que solíamos conversar: el que sigue los pasos de otro, nunca dejará sus propias huellas. Y en ese último encuentro, cuando íbamos a despedirnos, se acercó mi hija a saludarnos. Cuando ella se retiró comentó: Norka está muy alta o nosotros nos estamos achicando. No respondí porque hubo una lágrima que me jodía los ojos, era una verdad que dolía mucho. Luis Gallegos se alejó con sus pasos cansinos, iba arrastrando sus noventa años bien vividos. Quiero creer que así fue. El reciente homenaje que le rindieron los rotarios en el club Kuntur la semana pasada fue relevante porque revalora su trabajo literario. Bien hecho.

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