jueves, 24 de febrero de 2011
miércoles, 9 de febrero de 2011
martes, 1 de febrero de 2011
Aporía, la duda de la luciérnaga o sus heridas deshojadas

Ciertos sentidos aparecen anticipados en el título de todo libro. Son, en todo caso, sentidos sugeridos que confirmará, ampliará o negará el texto. En esta función de prolepsis, la idea de dificultad y de imprecisión en la referencia está presente. En el contexto, luciérnaga adquiere el sentido de símbolo que representa la propia actividad creativa, la poesía misma, y más allá, al propio autor, pasando, claro está, por el enunciador implícito de estos versos. Luciérnaga es la iluminación esforzada y tenue, el vuelo fosforescente, que activa la oposición noche/día. Vuelo en el que los versos pueden ser “heridas deshojadas”. Así, en este libro de Gabriel Apaza, aparece antelada una imagen de la poesía, pero también una imagen del enunciador, y más allá de él, una imagen del autor, y un adelanto de la naturaleza del propio discurso poético.
El conjunto tiene unidad, porque los poemas expresan sentimientos y situaciones de un sujeto, que especula sobre la existencia, sobre sus relaciones con la poesía y el amor, y todo esto referido desde una perspectiva poética. Esta poesía bien podría ser calificada de testimonial, pero es reticente a lo figurativo, a la referencialidad. El contexto está allí, como es obvio, sólo que su alusión no es a través de marcas lingüísticas que indican directamente el mundo exterior. El espacio y el tiempo nos llegan sorteando una atmosfera un tanto nebulosa, a través de deícticos que operan no como elementos de remisión, sino como signos que difuminan, trascienden y transfiguran esa realidad, para fundar otra en la que poesía es medio y fin. (Juan Alberto Osorio)
domingo, 30 de enero de 2011
El taita José María, estará contento, estará sonriendo…

Escribe: Escribe: Javier Lajo (*)
El “Chaka Runa” u Hombre Puente: El diccionario quechua del padre Jorge Lira, hace una traducción literal del término “pacha chaka” como: “puente en una profundidad”; lo que coincide con el nombre de “Los ríos profundos”, pero como el idioma quechua tiene la propiedad de aglutinar significados, también es correspondiente a “puente cósmico”. El presente artículo es una reflexión sobre la tarea del Taita José María Arguedas, el de ser un “hombre puente” auroral entre las dos civilizaciones vertientes que componen el Perú; función que cumplió a cabalidad en nuestra história, lo que a la larga, lo mató, muerte que en realidad fue una heroica inmolación, de coraje y temple sin igual. Este artículo quiere despejar cualquier otra sospecha de las causas de su dolorosa y fatal resolución.
De acuerdo con el célebre psicólogo Jacques Lacan, la red inconsciente está constituida por significantes (en los términos de Saussure) y su estructura es idéntica a la del lenguaje en su dimensión estructural u organizada. Esto se comprueba en la vida y obra de J.M. Arguedas, y más aún en “Los Ríos Profundos” que conforman el Perú, cuando el autor se empatiza o identifica con el puente sobre el río Pachachaka, la novela en sí, es un intento de comprenderse a sí mismo como un “chaka runa” u “hombre puente” entre las dos culturas que componen nuestro querido país. Analizar con esta actitud toda la obra de Arguedas es una tarea para la cual no estoy en las mejores condiciones, pero como dice el dicho: “para muestra, basta un botón”. Este intento de unir las dos partes, pero desde el lado “más profundo” del Perú, o intento del andino de comunicarse con “el Otro” u occidental, a pesar de sus agresiones y exclusiones, está también presente en el cuerpo social del mundo andino desde el inicio de la ocupación europea, en la mitología del Inkarri, así lo podemos evidenciar en algunas de sus versiones, cuando nos hablan del Inka Atahualpa, que “estando construyendo un puente de oro entre Perú y España, Pizarro lo mata y le corta la cabeza, esta es llevada a España, pero desde allí sus cabellos de oro puro siguen creciendo, con ellos Inkarri sigue construyendo su puente…”.
Pero, ¿porqué Arguedas asumió tan fatalmente esta inmolación histórica pero también simbólica, que nos afecta a todos los peruanos y que nos obliga a construir un mestizaje digno y desechar el “hibridismo” actual? (1). Inculpar a cierta intelectualidad criolla o europea, por la muerte de Arguedas, es darles una importancia que no tienen, ni merecen. Ensayamos aquí pues, una respuesta positiva, que nos envuelve a todos en esta “promesa peruana”.
Nadie mejor que otro notable seguidor y crítico de Freud, como Carl G. Jung, ha podido entender los problemas íntimamente subjetivos de un hombre que vive y sufre dos culturas diferentes y a veces antagónicas. En su libro biográfico firmado por su secretaria Aniela Jaffé (2), Jung hace una descripción de lo que significó para Europa encontrarse cara a cara con la subjetividad y “la teoría” (ya que desde los viajes de Marco Polo se venían encontrando materialmente) de "otra" cultura como la asiática, el otro extremo de Euro-Asia, o "el Oriente"; este encuentro-desencuentro, se comenzó a producir fatalmente también en un personaje amigo de Jung llamado Richard Wilhelm, que era “un misionero enviado a la China”, pero que la cultísima China lo devolvió como “misionero chino” enviado a Europa para “culturizarla”; este personaje cuyo nombre es muy conocido por todos los aficionados al misterioso “I Ching”, el libro más antiguo de la humanidad y que Wilhelm tradujo al alemán, mostrando así su prodigiosa y comprobable (para cualquier transeúnte, que sepa leer) técnica de cálculo del futuro u “oráculo” a través de unos hexagramas escritos en lenguaje binario, que estructuran “leyes” de la ciencia oriental que Jung llamó “ciencia de la sincronicidad", o en lengua china: El Tao, o “sentido” del tiempo.
Esto nos permite dar algunas puntadas sobre el tema que algunos autores han intuido como el del arguediano “socialismo mágico”. Un paralelo andino a la ciencia de la “sincronicidad” o “el Tao” chino, es sin duda el tema del Qhapaq Ñan, que se viene constituyendo ya como el MITO ANDINO para la juventud andina-amazónica, es pues el Qhapaq Ñan, camino de los Qhapaq (3) o “Camino de los Justos” (k’apakk, en el dicc. de Lira: Justo, exacto, cabal; y Ñan: Camino) o camino material que une (en línea recta a 45º al eje norte sur) antiguas ciudades milenarias del incario, como Potosí, Oruro, Tiwanaku, Pukara, Qosqo y Cajamarca, “camino” y “método”, o señal material e imbatible del milenario proyecto histórico Andino, que fundara aquel Tunupa o Wiracocha del que nos hablan las leyendas y mitos, retratado en mil formas en la iconografía andina-amazónica. Este inmortal camino de sabiduría, también conocido como “Ruta de Wiracocha”, es para algunos investigadores andinos simple “geodesia inca”, pero para los más, representa la continuidad de una “escuela de sabiduría”, escuela entrañablemente nuestra, que marca una disciplina filosófica o “escuela andina” para el perfeccionamiento del espíritu o la continuación de la obra civilizadora de los Incas de la “Qhapaq Kuna”. Tema aún “mágico” sin duda, para los neófitos, pero que está ocupando poco a poco la atención cultural, filosófica, científica, tecnológica, política y hasta gastronómica; de los que tenemos por el Perú, una pasión tan fuerte como la del Taita José María.
Carl Jung explica en sus obras y con mucha autoridad, cómo el “racionalismo científico”, es solo “la manera occidental, científico-causal, de considerar al mundo” y que “entre nosotros, -los occidentales- este pensamiento “oriental” desapareció de la historia de la filosofía desde Heráclito, hasta que percibimos de nuevo, con Leibniz, un lejano eco” (4). Estas palabras nos delatan el límite o “frontera de civilización” del occidente europeo, que vive un inconsciente colectivo megalómano, agresivo e individualista, común, que determina y da marcos al comportamiento de la mayoría de sus gentes, a su filosofía, ciencia y tecnología, muy “racionales” por supuesto y cuya exageración negativa, es el actual capitalismo neoliberal y sus valores anti-humanos y anti-naturaleza, que está llevando al mundo a su destrucción ambiental, energética y económica-crematística. Y esto delata también que usan su particular “ciencia” como una nueva religión, con la finalidad de que los que pertenecemos a otras culturas, aceptemos la cultura occidental como “cultura universal en proceso de globalización”.
Este proceso de enajenación mental “globalizador”, se acabo, colapso; y debemos ponerle fin, desde las culturas más fuertes y con espíritu incluyente, como la cultura Andina y que han resistido a este colonialismo occidental mental y material, a escala planetaria. Esta tarea es el legado principal de nuestro querido Taita José María.
Regresando a lo central de nuestro tema, Jung nos relata en el libro de A. Jaffe, que “...la re-asimilación de R. Wilhelm a Occidente me pareció algo irreflexivo y por ello peligroso...existía el peligro de un conflicto, de un choque del alma oriental y occidental... La enfermedad se agravó en los próximos meses y supe que estaba en el hospital... En sus sueños se hallaba de nuevo en senderos sin fin o en estepas asiáticas –en la abandonada China- volviendo al problema que China le había planteado y cuya respuesta el Occidente le había impedido...Yo creía comprender su situación...Su interés se mantenía mientras hablábamos de lo objetivo...Pero cuando intenté rozar los actuales problemas de su conflicto interno percibí inmediatamente un titubeo y un encerrarse en sí mismo, porque la cuestión le dolía. Se trata de un –no entrar, prohibida la entrada- que no se puede forzar un destino que no soporta el abordaje humano.” Poco tiempo después el querido amigo de Jung, Richard Wilhelm, el hombre que llevo el pensamiento binario chino a Europa, murió de dolor, víctima de una extraña enfermedad asiática.
El auroral o precursor “hombre puente”, mortificado, dolido, angustiado al extremo por “las contradicciones de civilizaciones”, se rompió, se arrancó por la tensión entre las partes del cosmos que quiso unir; proceso fatal que ni un gran sicoterapeuta como era Karl Jung pudo, comprender, conjurar y salvar.
Hoy en día los peruanos y peruanas, guiados por J.M. Arguedas, Manuel Escorza (otro héroe cultural andino incomprensiblemente muerto en un accidente aéreo), entre otros, vivimos sufrientes y en masa este choque inacabable de dos culturas o civilizaciones. El peruano sufre individual y colectivamente esa "contienda subjetiva" por decirlo de alguna forma, que afectó y mató, inmolando al Taita José María Arguedas, tal como en otras circunstancias y latitudes este mismo proceso o “contienda subjetiva” entre civilizaciones, mato también a Richard Wilhelm; paralelismo que nos puede explicar un síndrome único que afecto a tantos otros “hombres puente” o “Chaka runas” (en runa simi), que pretendieron unir dos civilizaciones, ofrendando su vida misma.
Esto es lo que hace tan difícil comprendernos entre las partes o vertientes del Perú. Sin embargo hay que reconocer que la vertiente indígena u originaria es la parte fuerte, consciente e incluyente del conflicto entre ambas vertientes Andino y Occidental, que en la mayoría de los casos luchan dentro de nuestra subjetividad. Esta contienda subjetiva, es lo que hace más difícil aún el proceso de unión y conciliación de nuestras diferencias objetivas, como son las diferencias económicas y políticas, pero que más temprano que tarde, tendrán que asumir un “orden andino”, para una solución definitiva de esta promesa que se llama Perú.
NOTAS: (*) Artículo de Javier Lajo, corregido y actualizado, en homenaje al “Año del centenario del nacimiento de José María Arguedas”. Fue publicado en La República del 08/12/1999. (1) Algunos autores como Julio César Díaz del Olmo, y Max Hernández, nos hablan de un doloroso “bastardismo” que procrea el “caos” del hibrido cholaje, que no reconoce autoridad, ley, ni orden alguno. (2) Aniela Jaffe, “Recuerdos, sueños y pensamiento”, Edit. Seix Barral S.A. 1966. (3) Javier Lajo; “Qhapaq Ñan, la ruta Inka de sabiduría”. Edit. CENES-Amaru Runa; Lima, 2005. (4) “El secreto de la flor de oro”, C.G. Jung, Richard Wilhelm, Edit. Paidos. 1981.
Los caballos de la muerte o la reescritura de la poesía

Los caballos de la muerte o la reescritura de la poesía
Darwin Bedoya, Terminal terrestre, Grupo editorial Hijos de la lluvia, Juliaca, Perú, 2011, 36 pp.
Escribe: Walter L. Bedregal Paz LOS ANDES
¿Por qué anhelamos la muerte? ¿Qué nos mueve a poner nuestra vida al alcance de la nada, a dejarla en el centro de la oscuridad? ¿Acaso todo esto se trata únicamente de ponerle más vida a la muerte? O es que tal vez esto tenga que ver con un sobrecogimiento frente a la verdad de todas las cosas. Aunque no queda exento el razonamiento de que esto resulte ser una brumosa sugestión de otra vida, de una palabra a la vez extraña y familiar que nos conduce al poema. Estas preguntas y supuestos parecen estar acercándose y alejándose en la poesía de Terminal terrestre, el nuevo texto de Darwin Bedoya (Moquegua, 1974). El poemario empieza con un verso de El cristal, uno de los libros primigenios del mexicano Jorge Fernández Granados:
yo también soñé despacio los caballos de la muerte |
mientras la poesía | incorregiblemente juntaba palabras
dispersas | para comenzar a decir | yo soy quien puede
hacer oraciones chorreando aves oscuras | yo soy quien
puede atravesar silencios como un potro ya sin vida
( [1] yo también soñé despacio los caballos de la muerte, p.12)
Es a partir de este primer poema que se vislumbra esa pulsión reiterativa de la aniquilación y la fragmentación dentro de un tejer infinito de ecos cuyo concierto alcanza al poemario anterior del poeta, Leve ceniza (2010), es desde allí o desde Terminal terrestre que la muerte va cobrando mayor cuerpo y su efluvio se va acrecentando en cada verso, en cada poema y va, de ese modo, conduciéndonos a un lugar cuyo laberinto sin salida, a veces o en la mayoría de casos, quiere extraviar la sucesión del discurso al igual que la comprensión y la ubicación del lector. Desde esta refracción, la semejanza inicial de Terminal terrestre con Leve ceniza no resulta una suerte de casualidad, menos un asunto meramente superficial o anecdótico, sino más bien, esto demuestra que el autor ha pensado en escribir e inscribir su obra siguiendo un proyecto escriturario, un programa poético. Quizá Terminal terrestre sea una parte más de Leve ceniza o Terminal terrestre pudo haber sido el eje de Leve ceniza. Con todo, o fuere como fuere, la poesía de Bedoya nos permite percibir los límites en donde las cosas permanecen y se van; se tornan luz, espacio, movimiento, y así nos van mostrando que lo que llamamos vida o realidad, supera por mucho la idea preconcebida que de ella tenemos:
sólo quiero que mis huesos florezcan en el lugar donde
moran los hombres | quiero señalar con un trébol al
cielo y reinventar mi propia muerte | nada sucede
cuando desvío manadas de oscuros potros salvajes hacia
un barranco | nada es hambre | nada me llueve |
polvareda inútil | caballos errantes más allá de mis ojos
( [8] nada me llueve, p.16)
Cada cosa, cada ser es otra razón, indefinidamente: la vida es un cuerpo que es un cadáver que es un cuerpo; su existencia es un palpitar que es un suspiro; el cual no es tal puesto que en vez de palpitar se cierra como una mirada; en cuanto al sueño y a la realidad, a la vida y a la muerte, en Terminal terrestre ya no se oponen pues se confunden entre sí, entonces aparece la duda. Surge la gran interrogante frente a los presagios:
¿qué será? | anoche sentí llover donde antes no había
nubes ni cielo ni tierra | sólo un sonido como de una
desaparición de caballos que venían por mí| ¿qué será?
| esta mañana los charcos me hablaron de lluvia y tierra
y cielo | ¿qué será?
( [9] una desaparición de caballos, p.17)
Todo esto no sólo está escrito en el poema, sino que también está urdido en algún lugar de la vida, del corazón mismo —si éste último aún existe debajo de los cascos de los caballos—; pero gracias a esa red vertiginosa de ecos que hemos intentado atisbar y que sólo puede ser tejida por la conciencia clara de lo que se quiere escribir, inclusive más allá de las visiones fantasmales, más lejos aún que los murmullos terribles que envuelven la vida, ese respirar a punto de eclipsarse:
baño mis pies en un río descomunal | en la otra orilla un
niño azota las aguas con un animal muerto | las aguas
comienzan a teñirse de rojo | el niño se toma las venas
de la mano y llora consternado | el animal muerto se
deshace | a lo lejos un puente se derrumba inexorable |
un murmullo terrible aqueja el silencio | flotan caballos
muertos en el agua
( [11] un niño azota las aguas con un animal muerto, p.21)
Uno, a veces, piensa o dice: Yo no le temo a la muerte. A mi propia muerte. Pero no tengo claro cómo voy a morir. Vi morir a un amigo. Ayer estaba y hoy ya no. Todo se volvió negro, como el carbón, y se fue para siempre. No tengo claro cómo voy a morir. Si pudiera elegir mi muerte, pediría que fuera común y corriente. O, mejor, que me duerma y no despierte jamás. Pero nunca desearía una muerte como la de mi amigo. Y, sin embargo, lo que sí sé y estoy seguro, es que con mi diagnóstico nadie puede durar mucho tiempo. Al menos sentiré que llega ese momento. Aunque prefiero morir quedándome dormido, para no sentir nada de nada. A veces pensamos así y la muerte nos crea mundos diferentes. Muertes diferentes. Morimos de otra manera, la menos pensada. Y es que se trata de mundos tan opuestos como el de la vigilia y el del sueño. Pero la muerte es una distancia sola y cabalga lentamente:
tanto he soñado con la distancia que se han gastado las
madrugadas | ahora guardo oscuros caballos muertos en
los dedos de mis manos | los sueños no pueden volver a
ocurrir | las madrugadas no existen | y en un rincón de
aquella casa que nadie recuerda | lloran terriblemente
los caballos
( [12] ahora guardo oscuros caballos muertos, p.23)
Nada sucede cuando desvío manadas de oscuros potros salvajes hacia un barranco. Flotan caballos muertos. Ahora guardo oscuros caballos muertos en los dedos de mis manos: este exterminio de caballos puede ser una manera de querer alejar el presentimiento de la muerte. El desmoronamiento del galopar que se acerca. Cabestros, herraduras, galopes, relinchos, aparejos, crines, grupas, cascos, herraduras, bridas, espuelas, belfos, ijares, riendas. Potros, alazanes… Si bien, determinar el objeto radical del mundo poético operante en la obra de Bedoya supone encontrarse con la muerte —a caballo— cabalgando, no nos extravía sino que, Bedoya ha escrito este poemario —apartándose sutilmente de otro texto anterior titulado mi padre ojos de caballo (LagOculto Editores, 2010)— con una serie de glosas amplificadoras del discurso: en primer lugar, postula la necesidad de la muerte como un bien terrestre. En segundo lugar, el autor escribe sobre el sentido y valor de la vida o mejor dicho, la necesidad de la muerte, ambos asuntos parecieran surgir como una paradoja frente a la vida del poeta, y de ese modo resguarda una ontología poética en la que se puede decir una realidad que sólo es verdad en tanto se sitúa más allá de sus propios límites:
traigo un rosario de huesos | un sueño muerto que aún
piensa en despertar | pienso en un caballo negro
pastando en mis manos | tengo palabras como piedras |
y mi boca es la de un animal | muerto también | un
recuerdo inventado por los años | alguien cabalgando en
un sueño profundo | un jinete de humo
( [13] un recuerdo inventado por los años, p.25)
Bedoya, tomando la muerte como existencia poética, la reescribe sagazmente, en respuesta a una necesidad de construcción formal a través de un lenguaje sencillo, elegíaco, pero, eso sí, con un rigor de palabras que encajan precisas en el lugar exacto para dar lugar a la poesía. No es difícil seguir el desarrollo orgánico del quehacer poético de nuestro autor, pues en su data ha estado empleando casi los mismos procedimientos de su poesía anterior, aunque a veces, cambia ligeramente un sistema expresivo, pero vuelve a su cauce, casi como una necesidad o patria, variando de este modo el constructo de la expresividad del hablante poemático:
esta melancolía terrestre | mi hueso terrestre | nada
saben de la carne sin sangre | nada puede quedar de mi
calavera | mi polvo terrestre | nada queda de la vida |
salvo los caballos de la muerte | irrumpiendo como
sueños | violentas humaredas | saliendo de un pocillo
oscuro y profundo | terrestre
( [14] humaredas de un pocillo oscuro y profundo, p.26)
Creo que en la perspectiva de viaje, Terminal terrestre no es otra cosa que la representación, la simbología (Debemos pensar que todo símbolo, en cuanto signo, evoca una realidad que trasciende el objeto simbolizante y comporta un sentido oculto y misterioso que apela al fondo irracional del inconsciente, del sentimiento y la emoción. Por ello, en el término simbolizante no se podría percibir con absoluta certeza —ni tan siquiera el poeta, pensando sobre el caballo y la muerte, los podría percibir con exactitud— el verdadero término o concepto simbolizado, tal vez ahí radique la valía y la significancia de la poesía) de un cementerio, el paradero final, ese sitio donde todos vamos a llegar, tarde o temprano, es por eso que aquí, en estos versos, están escritos los signos únicos de la vida. En esta poesía habita la voz que esperamos nos llame y nos pueda guardar desde una reminiscencia insegura y a la vez contundente. Caballos. Cabestros, galopes, relinchos, aparejos, crines, grupas, cascos, bridas, espuelas, belfos, ijares, riendas. Herraduras. Potros, alazanes. Los caballos de la muerte. Una reescritura de la vida, de la poesía misma. Aquí en estos brevísimos poemas ocurre un espacio interior que nos gobierna y al que volvemos cada vez que llega o se quiere ir la vida, justamente para hallar las palabras necesarias y rotundas. Quizá por ello la obstinación de estos poemas no se detiene tanto en la muerte como tema y variación de la plenitud en la sucesión de los días, aquí la muerte actúa solamente como el mecanismo oculto de esas intrincadas mutaciones de la vida, como una recóndita representación que posee la certeza de nuestro destino, de nuestros días finales: la siempre condición humana, porque la muerte no es sino otra forma de vida lejos de la vida. Lejos de aquellos potros apocalípticos, sombras de bárbaros atilas.
Walter L. Bedregal Paz (Tacna, Perú, 1965). Ha escrito, entre otros libros, Mi hermana menor (cuento), Pamoslake (cuento). Ha preparado la Antología de poesía puneña: Aquí no falta nadie. Tiene en preparación una colección de cuentos y lo que será su primera novela; además, acaba de concluir una muestra de poesía peruana. Actualmente dirige la revista de literatura La rama torcida. A través del sello editorial Hijos de la lluvia viene preparando los libros (21) que conformarán la colección Letras de la poesía latinoamericana que incluirá la misma cantidad de autores de habla hispana.
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