domingo, 5 de septiembre de 2010

Una conversación con el escritor peruano Santiago Roncagliolo




Entre las ventas de Stephen King y las críticas de Roberto Bolaño.
Una conversación con el escritor peruano Santiago Roncagliolo


Jasper Vervaeke y Rita De Maeseneer

Universiteit Antwerpen (Bélgica)

En esta entrevista el escritor peruano Santiago Roncagliolo habla de su trayectoria y novelas, particularmente Abril Rojo y Memorias de una dama. Asimismo, Roncagliolo trata de posicionar su obra frente a la de otros narradores peruanos, como José María Arguedas, Mario Vargas Llosa, Óscar Colchado y Alonso Cueto.

Durante la primera década de este siglo, el polígrafo peruano Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) se ha ido ganando un lugar prominente dentro del panorama de la literatura latinoamericana. Roncagliolo, que ha trabajado como periodista, traductor y guionista de televisión, ha escrito libros para niños, ensayos, cuentos, novelas y una obra de teatro. Desde que se instaló en España su atención se ha ido dirigiendo cada vez más hacia la narrativa. Las novelas Pudor (2004) y Abril rojo (2006) llamaron la atención de la crítica internacional y fueron traducidas a varios idiomas. En 2007 Roncagliolo publicó La cuarta espada, una biografía de Abimael Guzmán, líder de la guerrilla de Sendero Luminoso, así como el ensayo Jet Lag, en el que reflexiona sobre su vida de escritor tras ganar el Premio Alfaguara. Su última novela hasta la fecha es Memorias de una dama (2009).

Invitado por la Fundación del Rey Balduino (Koning Boudewijnstichting), en marzo de 2010 Roncagliolo vino a Bélgica para dar una conferencia sobre temas políticos, titulada “The End of Truth”. Relajado, sonriente y de aspecto lúdico con sus gafas Ray-Ban a lo Woody Allen, lo encontramos unas horas antes en la sede de la Fundación en Bruselas. En su característico tono entre frívolo y serio, Roncagliolo nos habla de su trayectoria y de sus novelas, particularmente Abril rojo y Memorias de una dama. Respecto a esta última novela queremos señalar que no abordaremos la polémica sobre la base referencial de la ‘dama’ que hizo que la novela no fuese distribuida en determinados países, como la República Dominicana, y que hace poco fuese retirada del catálogo de Alfaguara.

Usted creció en una familia de exiliados. ¿Qué recuerda de esa infancia en los años setenta y ochenta?

—En Perú mi padre militaba en el Partido Socialista Revolucionario. Como parte de esa militancia era clandestina, en casa tenía un pasaporte argentino falso, con otro apellido y una foto en la que aparecía con barba. Yo pensaba que mi padre era un agente secreto que huía de las fuerzas del mal. Cuando en un momento determinado se opuso a unas deportaciones, fue exiliado por el gobierno de Juan Velasco Alvarado. Cuando regresó, bajo el régimen de Francisco Morales Bermúdez, alguien se acordó de que era socialista, y volvieron a echarlo. Por todo eso viví en la Ciudad de México de bebé hasta los diez años más o menos. Mis primeros recuerdos son de allí y son felices. Volvimos a Lima en la época del conflicto con Sendero Luminoso. El país estaba en guerra y mi familia empezó a desintegrarse. Yo entré a un gigantesco y horroroso colegio religioso para varones. Siempre tuve la idea de que había un mundo mejor -mi infancia en México- que yo ya no tenía, y eso hizo que leyera mucho. Leer era una manera de buscar esos otros mundos. A esa edad a un niño normalmente no se le ocurre que existen otras maneras de vivir, pero como yo venía de otro sitio, sabía que sí las había, y empecé a buscar vidas mejores en la lectura.

— Ya a los ocho años mi padre me había dicho que era hora de que dejara de leer tonterías con dibujitos. Me llevó a una librería, donde vi un libro en cuya portada había un tiburón persiguiendo a una mujer desnuda. Dije: “¡quiero ése!” Entonces mi padre le preguntó al vendedor qué tipo de libro era. El librero le contestó que ese libro había revolucionado la ciencia ficción. Como mi padre militaba en el Partido Socialista Revolucionario, opinaba que había que leer cualquier cosa que fuese revolucionaria. Así que la primera novela que leí fue Tiburón, y debo de ser el único escritor que sabe cómo se llama su autor [Peter Benchley]. A partir de entonces leía a Agatha Christie y novelas de acción y terror. Mi madre fue quien me introdujo a los autores del boom. Al inicio no entendía nada, pero había algo distinto y fascinante en esa manera de narrar. A una edad temprana me hicieron leer a García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes y Borges. Obviamente disfrutaba más con Agatha Christie, pero en mi casa estaba mal visto leer tonterías.

Más tarde, ¿qué lo incitó a salir de Perú?

—Salí porque estaba ‘hasta los cojones’. Tenía veinticinco años, había salido de la universidad y había empezado a trabajar. Era como si ya supiera cómo iba a ser mi vida a los treinta. Y eso me aterraba. No tenía ni hipoteca, ni hijos, ni coche, nada que me atase. A esa edad uno no es consciente de sus limitaciones, uno piensa que lo puede hacer todo. Y entonces cogí mis cosas y me fui a España para ser escritor, una idea que ahora me parece completamente absurda. Sin embargo, salió bien: hice lo que soñaba. Y creo que lo hice en el único momento en que podía haberlo hecho.

¿De qué manera esas andanzas han marcado su escritura y su vida personal?

—Terminas siendo un extranjero en todas partes. Siempre te estás adaptando a un mundo nuevo. Para un escritor esto es excelente, porque te obliga a observar los detalles y te hace notar que el mundo no es necesariamente como lo ves. Cuando cambias de sitio resulta que puede ser de otra manera. Esto estimula tu imaginación, te obliga a tratar de comprender a las personas. Es lo que necesitas para escribir, para crear buenos personajes. Para todo esto, haber vivido en lugares distintos resulta muy útil. En cambio, para tu vida personal es un desastre, porque no terminas de ser nadie. No tengo una identidad clara, me voy camuflando, pareciéndome a la gente del lugar donde estoy, para que me acepten. Pasa igual en mis libros: me fascina un género y entonces hago un libro en este género. Luego me aburro y trabajo en otro género. Me da miedo quedarme en el mismo sitio.

La publicación de Pudor (2004) resultó un momento clave en su vocación de escritor. El éxito de la novela causó que fuera llevada al cine en España en 2007. Se trata de una historia íntima tragicómica, cuyos capítulos alternan entre las voces de los diferentes miembros de una familia limeña de clase media. Contribuye mucho a su vivacidad el hecho de incluir la voz del gato. ¿De dónde surgió esa idea?

—El gato es el personaje más basado en hechos reales. Mientras escribía la novela, tenía un gato. En Perú no se suele castrar a los gatos, así que en España tampoco se me había ocurrido hacerlo. Y el gato enloqueció: empezó a tirar cosas, a mearse por toda la casa, a chillar durante toda la noche. Cuando lo llevamos al veterinario, nos dijo que era normal: sin castrar, rodeado de gatos castrados, el gato estaba lleno de deseos que no sabía cómo controlar y manejar. Lo mismo les pasa a los personajes de Pudor: tienen ímpetus que los están devorando por dentro y no sabén qué hacer con ellos. Incorporar al gato también era una cuestión de ritmo y equilibrio: proporciona el elemento cómico, hace que el libro sea menos dramático. Cada vez que la acción se oscurece, viene el gato con sus instintos y todo se relaja. De hecho, la película es más dramática que la novela, justamente porque en ella no aparece el gato.

Abril rojo (2006) fue galardonada con el Premio Alfaguara. Es un thriller sangriento cuyo trasfondo lo constituye la historia del conflicto armado entre la guerrilla de Sendero Luminoso y las fuerzas antisubversivas del estado. ¿Dónde ubica su novela respecto a otras novelas que abordan el tema polémico de la guerra interna, como Lituma en los Andes (1993) de Mario Vargas Llosa, Rosa Cuchillo (1997) de Óscar Colchado y La hora azul (2005) de Alonso Cueto?

—Lituma en los Andes y Rosa Cuchillo son de otra década, cuando en la sociedad peruana todavía existía la idea de que alguno de los dos bandos tenía razón. En cambio, la novela de Cueto y la mía son de la década posterior, cuando se empezaba a sospechar que ninguno de los dos bandos estaba exento de culpa y todos nos preguntábamos cómo era posible que hubieran muerto setenta mil peruanos. Cada bando se ha cargado a treinta y cinco mil personas. Y entonces cada uno tiene que escoger quiénes son sus asesinos favoritos. Las diferencias entre Lituma en los Andes y Rosa Cuchillo también tienen que ver con el gran choque de la literatura peruana del siglo veinte, entre Vargas Llosa y José María Arguedas, cuyas maneras de entender el país se oponían radicalmente [Rosa Cuchillo se inscribe en el andinismo arguediano]. Ahora, al contrario, creo que nos estamos dando cuenta de que vamos a vivir juntos, nos guste o no.

Pero Abril rojo parece menos ideológica que La hora azul de Cueto, cuya visión sobre la sociedad peruana resulta un tanto paternalista y conservadora…

—Será su edad. Cueto tiene cincuenta y tantos años, es de la capital, es blanco y clasemediero. La clase media urbana que vivió la guerra es muy conservadora. Se sentían amenazados por el lado izquierdo. Yo también soy blanco, capitalino y clasemediero, pero de una generación que ya no puede ser sospechosa: éramos niños en la época de la guerra. Además, he trabajado en la zona del conflicto. Estuve en Ayacucho durante dos, tres años, moviéndome también a otras regiones. Para mí esta estancia fue casi como una maestría en ciencias políticas. Eran los últimos años de Fujimori, una situación muy delicada. Entré en contacto con los militares y con los senderistas, todo lo cual cambió mucho mi manera de ver las cosas. Tanto esta experiencia personal como el cambio de generación hicieron que en la novela yo impusiera un punto de vista diferente.

Llama la atención que Abril rojo no indaga en el conflicto cultural entre mundo indígena y mundo occidentalizado.

—No me atrevía a escribir desde el punto de vista de un campesino. Mi protagonista nació en Ayacucho, pero creció en Lima. Necesitaba que llegase de la costa, para que fuese lo más cercano posible a mí. Los campesinos sí aparecen, pero no quería meterme demasiado en esa problemática demasiado complicada. Esa decisión también servía para poner de manifiesto algo que pensaba respecto a este conflicto: todos decían que estaban defendiendo a los campesinos, pero los que dirigían, o bien estaban en Lima, en el caso de los militares, o bien eran intelectuales de la clase media mestiza provinciana, en el caso de Sendero Luminoso. Los campesinos eran, una vez más, la mano de obra. Esa situación me venía muy bien para no tener que meterme con ellos. Los conflictos en la novela son conflictos entre mestizos.

¿Continúa siendo tan delicado abordar esa problemática?

—En la literatura peruana hay dos bandos claramente diferenciados: los que se acercan más a la zona rural y los de la capital. Son políticamente opuestos y mantienen una pésima relación en los debates públicos. También en este sentido, pertenecer a mi generación es una ventaja, porque yo no formo parte de estos debates. Al fin y al cabo tales enfrentamientos resultan ser más bien personales. Hace unos años estuve en Turquía y allí todos los escritores odiaban a Orhan Pamuk. Me parecía que más que por sus opiniones lo odiaban porque había obtenido un Premio Nobel y ellos no. Lo mismo pasa en el Perú: son odios personales, pero como no quieren expresarlos directamente, los disfrazan.

En la novela uno de los personajes senderistas invoca ‘El sueño del pongo’, un cuento de José María Arguedas. ¿Cómo valora la obra y persona de Arguedas?

—Arguedas forma parte de mis primeras letras. Me encantan los cuentos ‘El sueño del pongo’ y ‘La agonía de Rasu Ñiti’. Sus imágenes visuales son hermosas. También me gusta la manera traumática en que Arguedas trata el sexo. Me acuerdo de una escena en la que un niño está enamorado de una india y la ve acostarse con un campesino y él mismo no puede estar con nadie, porque nadie lo acepta. En cambio, lo que no me interesa tanto de Arguedas, es la cara política. No en todo estoy de acuerdo con Vargas Llosa, pero sí en este punto: creo que el propio Arguedas no era consciente de que sus historias eran buenas, no porque tratasen de una realidad política, sino porque él era una persona con sensibilidad que tenía algo que contar. Él sentía que tenía una obligación política [Vargas Llosa desarrolló estas ideas en el ensayo La utopía arcaica]. Creo que poder escribir sin esta obligación implica una gran liberación.

Su última novela, Memorias de una dama (2009), cuenta la historia de la millonaria Diana Minetti, que para escribir sus memorias contrata a un escritor peruano mediocre en busca de éxito. Gran parte de la novela se desarrolla en el Caribe de los años cincuenta. ¿De dónde surgió su interés por el Caribe?

—Me gusta que cada libro sea un viaje a un sitio diferente. Los lugares adonde viajo siempre me sugieren historias. Así, empecé a construir Memorias de una dama a partir de historias que fui conociendo en mis viajes a Cuba y la República Dominicana. Como escenario me interesaba el Caribe de los años cincuenta: este momento en que empezó el tráfico de cocaína, se estableció la mafia italiana en Cuba, florecieron los casinos y la isla se convirtió en este burdel de lujo por el que pasaron Frank Sinatra y muchas estrellas de Hollywood. Y, a la vez, la Revolución Cubana estaba a punto de estallar.

Además era la época de Fulgencio Batista y Rafael Leónidas Trujillo…

—Sí. Me interesaba mucho el contraste entre esos dos dictadores, porque encarnaban la idea de los dos países. Tenían en común algo muy importante: eran dos sargentos, dos mulatos que entraron en el ejército, la manera por excelencia de conseguir el poder en esa sociedad caribeña y en buena parte de América Latina. Trujillo quería entrar en el club de los aristócratas, y no lo dejaron. Su manera de mostrar su poder era llenarse de medallas y ser muy ostentoso. Era una mala bestia. Batista también, pero era menos cliché que Trujillo y de un país de por sí un poco más desarrollado. Batista quería ser cultivado. Consideraba que la manera de conseguir el poder eran los libros, la cultura. Su ascenso en el ejército tenía mucho que ver con que él era el único que sabía leer. En un principio era un idealista que quería mejorar las condiciones sociales. Participó en una huelga contra los oficiales del ejército. Cuando querían hacer su pliego de reclamos, descubrieron que el único que sabía escribir era Batista. Además, sabía hablar, de modo que en las negociaciones con los políticos Batista se erigió automáticamente en líder. Cuando los Estados Unidos y el gobierno cubano intuyeron que podían contar más con ellos que con los oficiales, decidieron eliminar a los oficiales y Batista se convierte en tres días de sargento en coronel.

Memorias de una dama evoca la última noche de Batista en Cuba, un hecho bastante emblemático, también descrito por Alejo Carpentier en La consagración de la primavera.

—Para mí lo más interesante era el final de esa noche. Por alguna razón Batista no se va para Estados Unidos, sino para la República Dominicana de Trujillo. Trujillo ni siquiera es capaz de entender qué está pasando, que la Revolución Cubana no es un golpe de estado como cualquier otro. Le saca todo el dinero a Batista, lo tortura y se dedica a tratar de que vuelva a Cuba. El trato que tienen no es de presidentes, sino que es casi una relación de maleantes de barrio bajo.

¿En qué se basó para escribir sobre el trujillato: entrevistas, novelas, libros de historia, o todo a la vez?

—Me interesaba no tanto lo que figura en los libros de historia, sino las anécdotas, las pequeñas historias de la gente que vivía bajo un régimen monstruoso. Me puse a hacer entrevistas, aprovechando mi formación de periodista. Hubo alguno que no quería hablar, pero muchas veces era cuestión de tener paciencia y saber conversar. En realidad a la gente vieja les gusta contar sus historias. Son buenos narradores, porque han vivido mucho y lo han visto todo. También entrevisté al historiador Emilio Cordero Mitchel. En cuanto a las fuentes escritas, consulté varias biografías de Trujillo. Me basé sobre todo en la información histórica y personal de gente, no en novela. Obviamente leí La fiesta del chivo de Vargas Llosa, leí a Junot Díaz y a algunos autores de dentro, pero el problema con las novelas es que no sabes qué parte es verdad y qué parte no. Los libros literarios pueden influir en el estilo, pero no son muy útiles como fuente histórica. Quise concentrarme en información real, en lo que investigué, añadiendo después lo que inventé con la imaginación. Así es como trato de trabajar siempre.

Los dominicanos escribieron muchísimo sobre Trujillo, repitiéndose de una manera bastante icónica. ¿Cómo explica esta fascinación?

—Es su gran momento, como la Guerra Civil en España. Es una lástima que Trujillo haya existido en realidad, pero se ha convertido en un gran personaje literario. Era indiscutiblemente malo: era dueño de todo el país, usaba a las mujeres,… En toda la iconografía era el malo. No hay por dónde salvarlo. Y eso es muy atractivo literariamente, puede dar mucha vida a un libro. Trujillo nos ha hecho un gran favor a los escritores. Es la representación del mal. La distancia también hizo que se perdieran los matices.

Memorias de una dama también juega con la autoficción. En cierto momento el narrador, un autor peruano fracasado, se encuentra con un exitoso y presumido escritor paraguayo cuyo nombre es Roncagliolo.

—Durante distintos momentos en mi vida me he parecido al narrador de la novela. Quería hablar del éxito y del fracaso en la literatura. Yo conozco los dos. La novela se burla de la lucha de egos entre los escritores. Se odian entre ellos, sobre todo en países pequeños. Están dispuestos a hacerse daño a sí mismos con tal de hacer daño al de al lado. Hay claramente dos bandos: los fracasados odian a los exitosos y los exitosos desprecian a los fracasados, pero se necesitan mutuamente. Para mí siempre es difícil saber en qué lugar debo situarme, porque las posiciones no son estables.

—¿Pero por qué es paraguayo el alter ego engreído?

—¿Quién conoce a un escritor paraguayo salvo a Augusto Roa Bastos?

La novela dialoga con el canon literario latinoamericano. ¿Cómo se posiciona ante un padre como, por ejemplo, Vargas Llosa?

—Bueno, igual que ante mi padre: llevo treinta y cuatro años tratando de no parecerme a él, pero tengo su nariz… Lo mismo pasa con la literatura: siempre quieres hacer algo distinto, pero al mismo tiempo tienes esa tradición en tu ADN. Luego, las editoriales te tienen que empaquetar en alguna categoría. Si escribes de política y dictadura, dicen que es como Vargas Llosa. Por eso los editores están angustiados con mi nueva novela, que ocurre en Japón, porque no les gusta que cambies la etiqueta.

Pero Tokio también es el escenario de uno de los capítulos de Travesuras de la niña mala de Vargas Llosa…

—Es lo que les he dicho, pero no me creen.

¿Los clichés del realismo mágico y de la dictadura siguen dominando el marketing editorial o ya está cambiando?

—Lo que pasa es que aquí en Europa no saben mucho de América Latina: está muy lejos, así que es necesario situar de alguna manera a un autor que viene de allí. Uno siempre está en discusión con la industria editorial, pero es una querella de amor. Yo quiero escribir libros, ellos quieren ganar dinero y yo obviamente también lo quiero. En Memorias de una dama me burlo un poco de la manera en que funciona la industria editorial. Pero funciona, y eso es lo importante.

Es interesante que en tus novelas se entretejan diferentes registros y géneros. ¿Puede comentar esta mezcla genérica?

—Me gusta mucho experimentar con géneros distintos en cada libro y en Memorias de una dama hay varios: la sátira, el drama, la historia de la mafia. Me gustan los géneros que los escritores tradicionalmente han despreciado. Aunque esto está cambiando, crecí en una América Latina cuyos escritores despreciaban géneros como la novela policíaca o el melodrama. Muchas veces hacían una gran experimentación lingüística y formal. Pero como yo quería historias, me iba a esos géneros populares, porque los escritores literarios eran tan avanzados que a menudo no contaban historias. Esto ha hecho que yo tenga mucha influencia del cine y la cultura popular. Además, mi ficción fue alimentada por el trabajo de periodista y guionista de telenovelas. A mí no me interesa escribir libros que solamente pueda entender alguien que tenga un doctorado en literatura. Intento conseguir que los libros tengan varias lecturas y diferentes tipos de lectores. Por ejemplo, en Abril rojo hay una reflexión sobre la muerte, la guerra y la memoria histórica de América Latina. Pero al mismo tiempo es una novela policíaca con un montón de cadáveres. Para mí es importante que tú puedas hacer una lectura según lo que tú gustes. Así es como yo leo también.

¿Siente que también alcanzó a otro público?

—Sí, sobre todo en Perú. Hay libros muy intelectuales y difíciles y hay libros muy simplones y legibles. Yo trabajo en el medio. Por eso cualquiera puede leer un libro mío, aunque no sepa nada en particular. Eso ha hecho que tenga buenas críticas y buenas ventas. No tengo las ventas de Stephen King ni las críticas de Roberto Bolaño, pero me contento con algún lugar en medio.

Tanto Memorias de una dama como Abril rojo tratan el tema del poder. ¿Se está convirtiendo en la temática central de su obra?

—Me interesan los grandes temas: el amor, la soledad, el poder, el sexo y cómo las personas en distintos momentos y lugares viven todo eso. Las dos novelas hablan de América Latina, donde el poder es algo que sigue en discusión. Eso a diferencia de Europa o por lo menos España, donde la literatura política sigue concentrándose obsesivamente en la Guerra Civil, porque no sienten que tengan un problema real del cual hablar.

En las últimas décadas ha ido aumentando el número de europeos y estadounidenses que se dedican a estudiar América Latina. ¿Cómo evalúa este interés creciente, que nunca estará exento de cierto exotismo?

—Mi interés por Europa también es exótico, tiene que ver con los libros que había leído y las películas que había visto. La gente que se enamora de una cultura distinta a la suya demuestra una gran apertura, una gran avidez por aprender. De hecho son pocos: la mayor parte se queda en su barrio, se encierra entre sus cuatro paredes y ni siquiera quiere conocer al inmigrante que vive al lado. En cambio, a mí me parece muy sano dedicarse a estudiar otras culturas. No obstante, siento que el interés de los europeos por América Latina ya no es tan grande como lo era, por ejemplo, en los años sesenta y setenta. En aquella época varios de los editores europeos actuales -no voy a decir nombres- se fueron a América Latina para incorporarse a las guerrillas y hacer la revolución. A la vuelta, con el conocimiento de la literatura y el idioma que habían adquirido, se dedicaron a la edición de libros. Me parece genial, porque permitieron que los países dialogaran, que se establecieran vínculos culturales; y además la gente que tiene tal actitud suele pasársela muy bien, lo que es algo que no le puedes criticar a nadie.

Por último, ¿qué nos puede adelantar sobre su próxima novela?

—Es una historia de terror y de amor, que ocurre en un hotel en Tokio, en el que me alojé. Había una convención de inteligencia artificial en ese hotel, que mostraba robots y máquinas cada vez más avanzadas y humanoides. Al mismo tiempo, me percaté de que allí hay una manera de vivir la sexualidad que desde un punto de vista occidental es sumamente incomprensible. El escenario de Tokio resultó perfecto para hablar de la soledad, porque si bien todo parece muy occidental, sabes que detrás se esconde algo distinto. La novela tiene mucho de las películas de terror japonesas, que son mucho más emocionales que las occidentales. Ya está entregada, debería salir en octubre.

Tocapu: unidad de sentido en el lenguaje gráfico andino


Margarita E. Gentile

Investigador CONICET - Museo de La Plata

Resumen: A principios del siglo XXI, los estudios acerca de los grandes estados territoriales andinos (Chavín, Tiwanaku, Inca) y sus epígonos (Huari, La Aguada, entre otros), todavía se preguntan cómo fue posible su surgimiento y sustento sin un registro escrito en caracteres fonéticos sobre soportes duraderos; pero se acepta que la tradición oral pudo alcanzar profundidades cronológicas superiores a las admitidas para otros tiempos y lugares.

En trabajos previos nos referimos a la importancia que tenían forma y color como parte de un sistema de registro, almacenamiento y comunicación durante el Tahuantinsuyu. En este ensayo incorporamos datos al tema, revisamos nuestras indagaciones previas y ampliamos las posibilidades que esta línea de investigación ofrece, siempre en complementariedad con otros estudios andinos.
Palabras clave: tocapu, tradiciones andinas, escritura, lenguajes gráficos

Abstract: At the beginning of the 21st century, the studies about the great Andean territorial states (Chavín, Tiwanaku, Inca) and their followers (Huari, La Aguada, &), still are wondered how it was possible his sprouting and sustenance without a registry written in phonetic characters on lasting supports; but it is accepted that the oral tradition could reach chronological depths superiors to admitted after other times and places. In previous works we talked about the importance that had form and color like part of a registry system, storage and communication during the Tahuantinsuyu. In this study we incorporated data to the subject, we reviewed our previous investigations and we extended the possibilities this line of investigation offers, always in complementariness with other Andean studies.

El tema y su interés

En las crónicas y diccionarios tempranos tocapu nombraba un tipo de trabajo textil de alta calidad “inventado” por el Inca Viracocha, de quien también se contaba que entre él y sus ministros se comunicaban mediante figuras; sus significados parece que se perdieron luego que el Inca murió (Murúa [1613] 1986: 72). Es decir, tocapu fue una calidad de tejido, no un dibujo; y no sabemos cómo eran aquellas figuras ni sus soportes. Pero, en la literatura científica moderna se llama asi a unos pequeños dibujos cuadrados, multicolores, que forman hileras y columnas en quero, llauto, chumpi y uncu de cumbi incaicos. Aunque también los hay en algunos llauto Moche y Paracas, gorros Tiwanaku y ropa Chancay, entre otras prendas andinas, la relación directa con lo incaico tuvo lugar en el siglo XX; en 1936 se publicó la crónica de Felipe Guamán Poma de Ayala con dibujos de cada uno de los gobernantes cusqueños, cuya ropa fue descrita en sus colores, incluidas las hileras o “betas de tocapo”.

A comienzos del siglo XVII se sabía que tocapu era una calidad de tela, y así pasó a los diccionarios de época y alguna crónica (Anónimo [1586] 1951: 84; Gonçalez Holguin [1608] 1952: 344; Bertonio [1612] 1879: 357; Sarmiento [1572] 1943: 161); y que las “betas de tocapo” eran la parte del uncu tejida con primor, no los cuadritos mismos.

El paso siguiente fue dado en dirección a la creencia de que los tocapu conformaban un sistema de escritura; y esto lo facilitó el cronista Martín de Murúa, quien había dicho que en tiempo de Guaina Capac “... entre sus muchos idolos tenian un aspa y un signo como de escribir cuadrado y atravesado como cruz ...” (Murúa [1613] 1946: 78). La descripción de este ídolo y su comparación hacía referencia a los llamados signos de escribano que eran los dibujos con los que los escribanos de la época acompañaban sus rúbricas. Murúa no dijo que esos cuadrados en los textiles formaran parte de un sistema de escritura, sino que supuso que los dibujos en la ropa, de los que recordaba mejor al que tenía forma de aspa, eran ídolos. Su afirmación fue resultado de una confusión, otra entre las muchas que padecían los españoles de la época dispuestos a percibir idolatrías doquier; notemos que lo mismo sucedió con las apachitas, un montón de materiales de construcción que también fueron consideradas “idolos” y cristianizadas transformándolas en peanas de cruces de camino (Gentile 2005).

Victoria de la Jara leyó de otra manera los datos de Murúa: para ella, esos dibujos eran “signo como de escribir cuadrado”, es decir, una forma de escritura incaica y el arranque de sus trabajos (de la Jara 1967: 241; 1972; 1975: 12, 49), aunque no se pudiera deducir de aquel párrafo que el aspa fuese el atributo de Atahualpa, ni que dentro de las figuras cuadradas incaicas hubiese signos de una escritura logográfica, ni que tomando en cuenta la mayor frecuencia de ciertos signos se pudieran leer los nombres de dioses y monarcas, como se hizo cuando se descifraron las escrituras prelatinas.

Trabajando sobre los datos de de la Jara, Thomas Barthel notó que los signos inscritos en cuadrados se encontraban tejidos en los uncu de cumbi, que solo usaban el Inca y algún curaca autorizado por él, de manera que este autor popularizó el nombre, llamando tocapu a los que se encontraban sobre este soporte (Barthel 1970: 91), continuando lo dicho por John Rowe respecto de que “This type of design was called toqapu in Classic Inca; it was used most commonly on tapestry garments, and it served as a badge of rank. Toqapu designs are both more varied and more common on cups of later date.” (Rowe 1961: 327).

En este y otros trabajos previos, nosotros también llamamos tocapu a estos cuadritos multicolores puestos en hileras y columnas porque no sabemos si tuvieron un nombre prehispánico por sí, y porque el que tienen quedó establecido desde que fueron renombrados por uno de los investigadores de temas andinos más conocido (J.H.Rowe), dando lugar a un caso similar al del aríbalo incaico, así llamado desde Leon Lejeal (1902) y Max Uhle ([1903] 2003: 357), aunque esa vasija tenía nombre en quechua: urpu.

Aquí consideramos a los tocapu como unidades de sentido porque hemos notado que algunos de ellos significan en sintonía con datos de etnohistoria, área interdisciplinaria que incluye los estudios de arqueología andina tardía + historia colonial + lingüística + folklore (Valcárcel 1958).

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El interés por hallar la forma de escritura andina es tan antiguo como la Conquista, y tenía un fundamento jurídico, además de interés histórico. Por una parte, cronistas y funcionarios repetían “los indios carecen de letras” pero reconocían que el quipu estaba relacionado con el registro de datos y por ende con la escritura, aunque no supieran explicar exactamente cómo. Durante el siglo XVI los quipu fueron aceptados como pruebas en juicio ante la audiencia de Lima (Espinoza Soriano 1971: 20, entre otros) y para recordar los pecados que se debían confesar (Acosta [1590] 1954: 190; Arriaga [1621] 1968: 246, 251); a fines de ese siglo era indiscutible que los quipu andinos eran archivos, entre otros, de datos de contabilidad que se calculaban previamente cambiando de sitio montoncitos de semillas de quinoa (Chenopodium), claras y oscuras, sobre los cuadros de una cierta tabla (Gentile 1992, inter alia).

Con el tiempo, hablar de escritura incaica era hablar de quipu, y de ahí la novedad de la propuesta de de la Jara. Partiendo de su afirmación, que esos signos inscritos en cuadrados eran una forma de escritura incaica, de la Jara relevó colecciones públicas y privadas de uncu y quero, hizo una tabla con los 294 tocapu registrados y los numeró (1967: fig.2 y 3). A su estudio aplicó métodos de desciframiento usados para decodificar escrituras egipcias, hititas y boras; en conferencias y trabajos publicados en los años ´70 mostró algunos tocapu descifrados, pero nunca explicó cómo había llegado a esas conclusiones, siendo su mayor aporte la discriminación de dichos signos, ya que tampoco publicó las correspondencias entre cada signo y su soporte, es decir, su contexto mínimo.

Durante unos años el interés en el tema “escritura de los incas” pasó del quipu a los tocapu; finalmente, para la comunidad científica, el asunto cayó en el descrédito; tampoco prosperaron intentos posteriores de desciframiento y lectura, siendo de notar que todos ellos tenían en común, entre sí y con el método seguido por de la Jara, el no haberle dado al contexto andino la debida importancia, y haber aplicado mecánicamente sistemas de desciframiento alóctonos (de Rojas 1981: 119, 123, 127; Burns Glynn 1981, inter alia). Aún a partir de la “base de datos” que es la Nueua Coronica, quienes trabajaron con ella (Zuidema 1991; Eeckhout & Denis 2002, entre otros) no tomaron en cuenta que los dibujos de Guaman Poma son relativamente exactos, como se aprecia en sus quipus sin nudos, y las colas de armiño que lucen algunos uncu prehispánicos.

De todos modos, se habían reconocido 294 diseños caracterizados por: ser cuadrados, polícromos, que algunos de ellos estaban rodeados de un marco, que formaban hileras y columnas, y que sus soportes podían ser tela, madera o metal, aunque eran diseños recurrentes en uncu y quero.

Faltaban asociaciones y correlaciones que hubieran permitido decir si dichos diseños significaban algo, cada uno por sí o al interior de determinados conjuntos, si era posible ubicarlos siguiendo una cronología relativa, etcétera. Por recurrencia, forma y colorido merecían atención, más allá de lo que pudiera resultar de su estudio, es decir, si fueron parte, o no, de una forma de escritura andina prehispánica. Pero, si bien tenemos para las antiguas telas y prendas de vestir europeas y asiáticas, información acerca del significado de sus colores y diseños, para las andinas, no; de ahí que uno de los recursos usados por los publicistas de piezas prehispánicas era, por ejemplo, color blanco = pureza, rojo = amor, la capa la usan solamente los jefes, etcétera. Este tipo de afirmaciones fueron convincentes en un primer momento porque se trataba de piezas huaqueadas, y no se admitía la posible originalidad de las culturas andinas; luego, las excavaciones científicas fueron mostrando que contexto, asociaciones, continuidades y cambios, eran parte en la interpretación de los datos obtenidos en el terreno, interpretación que, a partir de mediados del siglo XX, comenzó a perder en facilidad mientras ganaba, rápidamente, en complejidad y originalidad diferenciada.

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Además de la apreciación estética de la ropa prehispánica, sus diseños geométricos provocan curiosidad; y con relación a los tocapu, siempre fuimos de la opinión que para aproximarse a su comprensión había que dar con una asociación tal que permitiera considerarla como punto de partida para luego confrontarla con otros hallazgos; en esa línea de trabajo era posible que, en algún momento, se interrelacionaran entre ellos, de alguna manera.

Además de su forma característica, algunos tocapu están inscriptos en un marco cuadrangular, simple y normatizado, el cual, tanto desde el arte como desde la semiótica, indica que lo que se encuentra dentro de dicho límite gráfico tiene estatuto semiótico (Groupe MU 1993, inter alia). Notemos, asimismo que, como forma de señalamiento, es un rasgo que se puede ver también en muchos objetos no-andinos con la intención de comunicar un relato mediante gráfica y texto, por ejemplo, en los “cuadros de santuario”, y en algunos exvotos pictóricos, todos ellos productos del siglo XVI en adelante, característicos de la cultura europea y presentes en iglesias andinas. Una de las diferencias entre los exvotos pictóricos y los tocapu era que los que conocíamos no contenían escenas; pero, tomando en cuenta su forma (cuadrada, rectangular) partimos del supuesto de que en los tocapu el marco limitaba gráficamente un dibujo que decía algo.

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Los uncu son agrupaciones interesantes de tocapu, y entre ellos, el Uncu Bliss reúne la mayor cantidad posible de figuras tejidas con maestría; sin embargo, al igual que la mayoría de los uncu conocidos, es un objeto descontextuado; éste muestra cuarenta y ocho dibujos diferentes, asociados a una prenda masculina. Los queros, de origen generalmente ignoto, suelen tener una cenefa con tocapu aunque, según John Rowe (1961), este tipo de vasos fueron manufacturados durante el período colonial.

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El atisbo de que era posible aproximarse a la comprensión de los dibujos andinos geométricos y de los tocapu en particular, se presentó tras la publicación de los componentes de la capacocha del cerro Aconcagua (Schobinger et al.1984-1985; Bárcena 1988). Este entierro, en la cercanía de la máxima cumbre andina, había sido cuidadosamente excavado en 1985 por Juan Schobinger quien, además, nos permitió observar y fotografiar sus componentes en 1993; luego, los estudiamos en conjunto y por separado con el mayor detalle posible (Gentile 1994, 1996, 1999). Uno de los resultados de este trabajo fue que dos de los tocapu ya reconocidos como tales eran prendas de vestir entre la ropa miniatura de las figuritas de Aconcagua; con este registro, otra de nuestras hipótesis de trabajo, -forma y color eran importantes en la aproximación al significado-, halló un anclaje.

Estos dos tocapu estaban también en la capacocha del cerro Llullaillaco, excavada cuidadosamente en 1999 por un equipo dirigido por Johan Reinhard y María Costanza Ceruti (Ceruti 2003; Museo de Arqueología de Alta Montaña 2006; MG obs.pers. 2006). Las correspondencias eran las mismas, en ambas capacocha: figurita de oro con tocapu 49, 50, 51 y 52, y figurita de mullo con tocapu 1; se reproducían también en miniatura prendas que se hallaron tejidas en escala humana. Como de la Jara había realizado una lista numerada de los que ella llamaba “signos”, en nuestros estudios y análisis seguimos dicha numeración para no multiplicar este tipo de referencias.


Recapitulando, los datos más conspícuos se presentaban en el siguiente orden cronológico:

—Pequeños cuadros, formando hileras y columnas eran parte de un diseño preincaico en ropa de la elite andina (Paracas, Moche, Tiwanaku, etcétera).

—En tiempo de Viracocha Inca, este gobernante “inventó” una tela de alta calidad llamada tocapu.

—Viracocha Inca se comunicaba con sus ministros mediante figuras cuyas interpretaciones se perdieron tras su muerte.

—Su hijo Pachacutec ordenó que cada grupo andino se destacara por vestir ropa de colores y dibujos específicos; la orden alcanzó a la forma del peinado, los tocados y, parece, los tipos de calzado.

—Guaman Poma llamó “betas de tocapu” a las hileras de cuadritos que, en los uncu de cada Inca, estaban figurados a la altura de la cintura, pero sin ceñirla como las fajas. Esta expresión relacionó directamente la voz tocapu con los pequeños cuadrados y con los incas gobernantes; Viracocha, Topa Inga y Guaina Capac vestían uncu cubiertos de tocapu, el máximo posible de hileras y columnas.

—Martín de Murúa, que tenía un obraje textil en el altiplano, comparó estos cuadritos con los signos de escribano, punto de partida de la propuesta de Victoria de la Jara sobre que esos signos eran una escritura incaica; antes Rowe y luego Barthel llamaron tocapu a los cuadritos.

—Veamos, en lo que sigue, cada uno de los tocapu que, hasta ahora, nos permitieron una aproximación a su sentido; también algunas continuidades a partir de diseños preincaicos cuyos contextos, a su vez, amplificaron el alcance de los posibles significados individuales. Finalmente, resumimos en un cuadro ilustrado la cronología relativa de cada uno de dichos tocapu.

Tocapu 1

El niño de la capacocha del cerro Aconcagua estaba acompañado de tres figuritas humanas (de entre 5,9 y 4,7mm de alto), masculinas, cada una de ellas realizadas en un solo material: oro, plata o mullu, vestidas con varias prendas tejidas a escala. Tanto las técnicas empleadas (lámina recortada, moldeada y soldada, vaciado y talla directa, respectivamente), como la ropa y las actitudes, eran distintas en las tres (Schobinger et al. 1984-1985; Gentile 1996; Bárcena 2001).

La figurita de mullo estaba vestida con un uncu que era el Tocapu 1; esta prenda tiene una pechera roja cuyos bordes escalonados ensamblan con el resto del diseño, que son cuadros blancos y negros. Los bordes inferior, el del cuello y de las mangas están entorchados por tramos de un solo color: negro, amarillo y rojo, sin orden aparente; el ruedo tiene bordado en paralelo un zig-zag amarillo y rojo. Lo dicho vale tanto para los uncu a escala miniatura como humana. Además, esta prenda es un tocapu por sí en el Uncu Bliss. En nuestro trabajo de 1996 explicamos por que adjudicamos al personaje tallado en mullo el rol de guerrero al frente de la conquista de tierras para cultivo de maíz.

La capacocha del cerro Llullaillaco la constituían tres personas: una niña, un niño y una jóven. El niño estaba acompañado, entre otras, de una figurita masculina de mullo vestida con este uncu (Ceruti 2003: 222; MG, obs.pers., 30-5-2006, expo.permanente). Este uncu devenido en tocapu tenía antecedentes preincaicos en prendas similares en Moche y Nasca; en éste último caso, propia de guerreros.

Tocapu 7

En 1925, don Toribio Mexía Xesspe llevó al Museo de Arqueología (Lima) un lote de diez quero provenientes de una comunidad de pastores y agricultores del sur de Perú. Hasta poco antes de su adquisición, estos vasos eran usados en ceremonias agropecuarias, de ahí el interés que revestían sus dibujos (Gentile 2007c). El estudio de una escena (sensu Panofsky 1921-1953, 1932-1962, 1998) nos permitió decir que uno de los dibujos que formaba parte de la cenefa central era un tocapu y correspondía al “escudo” o “emblema” de Amaro Topa Inca; este hijo de Pachacutec fue quien delineó los ceque, estableció las ceremonias que se llevarían a cabo durante el año siguiendo su trazado y perfeccionó la tecnología agropecuaria en cuanto a andenes de cultivo, colcas, canales de riego, etcétera

El dibujo de este escudo corresponde al Tocapu 7 del registro de de la Jara, pero no está en el Uncu Bliss; es notable que dibujos parecidos al Tocapu 7 se encuentren en otros queros y hasta en un uncu, en éste último dispersos con otros tocapu en el cuerpo de dicha prenda que, además tiene dos otorongos enfrentados en la pechera, y plantas también dispersas en el cuerpo y en la cenefa que bordea el ruedo (de Rojas 1981: 125); todos estos elementos formaban parte de la historia de Amaro Topa Inca, y se encontraban en la escena grabada y pintada en el quero al que nos referimos antes. Recordemos que se trataba de una microsecuencia de la narración del nacimiento de Amaro Topa Inca en Pomacocha, (en territorio huari, de donde Guaman Poma decía que eran los primeros agricultores andinos, los huari runa), durante una erupción en cadena de todos los volcanes de la sierra sur peruana y la aparición del monstruo dibujado en el quero.

El relato fue graficado en dos versiones; una de ellas es la del quero de Mexía Xesspe, donde se ve a Asarpay, parienta de Pachacutec, a cargo del oráculo de Apurímac, haciendo un gesto como de ofrecer flores al monstruo que avanza bajo el arco iris y entremedio de la ceniza volcánica; como dijimos antes, la cenefa central de este quero tiene dos tocapu alternados: uno es el escudo que Amaro Topa Inca lleva en la segunda versión, en tanto que el otro tocapu está formado por cuadriláteros concéntricos con restos de pintura blanca. La otra versión del relato sobre Amaro Topa Inca lo muestra como inca triunfante, portando el escudo dibujado en la cenefa de la versión anterior, y al que una mujer también ofrece flores.

Recapitulando, consideramos a este tocapu como metáfora gráfica de este Inca en particular, cuyo aporte al quehacer agropecuario fue decisivo en la expansión del Tahuantinsuyu durante el gobierno de su padre, Pachacutec, y el de su hermano Topa Inca Yupanqui; es decir, hubo razones más que suficientes para recordarlo bien.

Tocapu 49, 50, 51 y 52

La figurita de oro que acompañaba la capacocha de Aconcagua tenía un uncu dividido en cuatro cuadros alternando colores claros (amarillo y rojo) y oscuros (negro y verde). El dibujo interior de cada uno de ellos consistía en cuatro cuadrados cerca de las esquinas que tenían, a su vez, otro cuadrado inscrito; dos de ellos estaban unidos con una barra que cruzaba el cuadrado principal en diagonal; este dibujo, según se lo proyecte en espejo, vertical u horizontalmente, y se alternen los colores claros y oscuros, permite variantes siempre simétricas (Wolf & Kuhn 1960).

También en este caso, tomando en cuenta el contexto en que se halló, además de otras consideraciones, le adjudicamos al personaje de oro que lo vestía el rol de mediador en la realización de una alianza (Gentile 1996, 1999).

Este tocapu, en sus combinaciones, formó parte de prendas que se hallaron también a escala humana, una de ellas acompañando a la jóven de la capacocha del cerro Llullaillaco, que por ser ropa de uso masculino llamó la atención hallarla doblada y colocada sobre el hombro izquierdo de la muchacha (Ceruti 2003: 125).

Antes de pasar al siguiente tocapu interesa notar que la popularización de ciertos términos inducen a confusión; el primero de ellos fue definir al “tocapu” como un “cartucho”, voz ésta última que en la literatura científica en español indica, por tradición, los nombres egipcios inscriptos en un rectángulo cuyos lados menores son curvos; en todo caso, tocapu ya tiene carácter referencial. Otro es la expresión “llave inca” empleada, por lo menos desde 1982, para referirse al tocapu 49 a 51, comparándolo con el perfil de una llave inglesa, simplificación descontextuada que también sería bueno dejar de usar en beneficio de la precisión a nivel científico.

Tocapu 119

Su dibujo es el más simple de todos los conocidos, no obstante que la concatenación de datos que provoca es de una complejidad mayor que la de los otros tocapu que estudiamos. Éste está formado por dos líneas rectas que atraviesan el cuadrado uniendo los vértices, cruzándose en el centro; es un aspa de color claro sobre fondo oscuro. Otros dibujos de aspas tienen rasgos que los diferencian de ésta: ganchos, color, marco romboidal, por ejemplo y no los incluímos aquí, por ahora y hasta saber si sus significados están relacionados; tampoco incluímos las aspas que Guamán Poma puso en algunos de sus uncu porque, como dijimos antes, sus dibujos son solamente indicativos.

El registro preincaico más antiguo que conocemos de este dibujo consiste en una marca comunitaria, en uno de los lotes de adobes que sellaron recintos de la pirámide de la Luna, en el valle de Moche; allí, el aspa cruzó la superficie del ladrillo crudo, tocando sus extremos los vértices del rectángulo; esos adobes tienen diversas marcas.

También esta aspa estuvo recurrentemente grabada en la base menor de la pichca, -la pequeña pirámide cuyos dibujos ayudaban a interpretar los oráculos de las huacas-, en el formato cusqueño, y en otras pichcas que no son piramidales, como las de Machu Picchu. En algunas, este diseño se reproducía sobre sí mismo, como en Pachacamac, cuyo dibujo correspondía con otra de las marcas en los adobes de la Huaca de la Luna, trazando un guión entre ambos sitios que comparten, además, la forma arquitectónica piramidal y los oráculos (Gentile 1998, 2008a).

Por otra parte, la pichca de Averías (Santiago.del Estero) tenía una segunda aspa, subyacente, cuyos extremos -en vez de tocar los vértices del cuadrado de la base- tocaban el medio de los lados, luego la línea sobrepasaba ese borde y terminaba en una de las caras de esta gran pirámide trunca. En cambio, las pequeñas pichca de piedra de aldea Talikuna (norte de Chile) tienen una sola aspa, y ésta también apoyaba sus extremos en el medio de los lados del cuadrado que forma la base menor (Castro & Uribe 2004); hay pocos registros de estas variantes. Si bien la pichca como instrumento para interpretar la voluntad de la huaca se encontraba ya cumpliendo esa función en Moche, las que tenían un aspa en la base menor se hallaron en contextos incaicos.

También un aspa enmarcada se encontró en los petroglifos que Hans Niemeyer llamó “signo escudo”, que son rectángulos con ángulos redondeados (Mostny & Niemeyer 1983). En el actual territorio chileno, los hay en los valles de los ríos Aconcagua y Putaendo (Troncoso 2002); y en la puna de Jujuy (República Argentina), en las Peñas Coloradas de Yavi (Fernández Distel 1975). En el primer caso, se trata de sitios incaicos en una de las dos rutas entre la costa del océano y las capacochas de los cerros El Plomo y Aconcagua. Asimismo, en esa ruta hay petroglifos que representan cabezas con grandes tocados de plumas (similares a los acompañaban la capacocha de Llullaillaco). La procesión que llevaba la capacocha también se encontró representada varias veces en mates pirograbados, procedentes de ambos lados de la cordillera (Ambrosetti 1902: 70; Rydén 1944: 80, inter alia); se trataba de los “Capac hocha camayoc que eran yndios que estan señalados para lleuar los sacrificios a donde se lo mandauan.” (Falcón 1571 en Rostworowski 1975: 335).

El sitio de Peñas Coloradas de Yavi está cerca de las Salinas Grandes de Guayatayoc, de donde procedía un niño envuelto en un poncho rojo que, en nuestra opinión, es una capacocha poshispánica; este niño llevaba dos anillos de cobre cuyo relieve era una estilización de las fauces del gran felino del Tocapu 285 (Gentile 2007b, 2008b).

Volviendo a los “signos escudo”, proponemos que el que tiene un diseño de aspa en su interior sirvió para contabilizar las consultas al oráculo de la capacocha, o tal vez fue una señal que indicaba que se estaba en la ruta correcta hacia el oráculo. Y en el caso de Peñas Coloradas, donde también se observaron estos petroglifos, nos preguntamos si acaso hubo una capacocha más cercana que la de Salinas Grandes de Guayatayoc, es decir, en las mismas peñas, y que aún no se halló, o se halló y fue destruída, etcétera.

Por otra parte, los mates pirograbados con esta escena de procesión, tanto podrían haber formado parte de éste como de otro tipo de capacocha, es decir, la que combinaba la ofrenda contenida en el mate que iba a ser dejada en determinado lugar, con la actualización de límites entre grupos andinos ya que el portador del mate con la ofrenda solo debía llegar hasta dicha frontera, y en caso de sobrepasarla ampliaba los límites de su grupo (Rostworowski 1988). Si bien para el área andina argentina, fuera de los fragmentos de mates, no hay documentación colonial acerca de esta ceremonia en particular ni del oráculo subsiguiente, sí tenemos noticia de una visita de extirpación de idolatrías a la provincia de Tucumán, con castigos incluídos, realizada alrededor de 1586 (Barzana [1594] 1970: 573), y un topónimo, Llullaillaco, en nuestra opinión surgido cuando los evangelizadores supieron que en ese inhóspito nevado había un oráculo indígena y se lo tildó, ¡que menos!, de mentiroso. Recordemos también que el uncu que acompañaba a la jóven de la capacocha hallada en ese nevado tiene el tocapu correspondiente a la alianza, es decir, poblaciones de la región aliados con el Inca del Cusco y el oráculo de la capacocha diciendo si le continuaban siendo fieles, o no; históricamente mantuvieron aquella alianza, si tomamos en cuenta que la guerra en el cercano valle Calchaquí y la región diaguita duró hasta 1665, y que fue liderada por un falso inca tras quien se alinearon los indígenas en contra del gobernador español.

Regresando un poco en el tiempo, el registro de un dibujo tan simple como un aspa monocroma continuó en contextos sacros. A principios del siglo XVII, Joan de Santa Cruz Pachacuti ([1613?] 1993: f.13v) dibujó, arriba y al pie de la plancha de oro que representaba al dios Viracocha en el altar de Coricancha, sendas constelaciones con forma de cruz; la superior, “orcoara quiere dezir tres estrellas todos yguales”; y la inferior, ubicada en diagonal, “chacana en general” (la cruz del sur), dos de cuyas estrellas fueron señaladas en particular: saramanca (olla de maíz, Crux) y cocamanca (olla con hoja de coca, Crux); ésta última, en términos modernos, una gigante roja. No sabemos si antiguamente era posible reconocer a simple vista este color, en un cielo más límpido que el actual. Pero notemos la coincidencia, dada la importancia que ese color tenía en las representaciones incaicas. Tal vez esa constelación signifique algo más en el dibujo de este cronista.

Al siglo XX llegaron los tejedores de Isla Taquile (lago Titicaca) quienes tenían, entre los muchos diseños usados para registrar en sus telas historias familiares, un aspa, que ellos llamaban tejeral o chacana, que indicaba que se había hecho una ofrenda a Pachamama; algunos agregados precisaban el motivo (para la casa, para las chacras), y la persistencia del diseño en la tela indicaba que la ofrenda no había sido aceptada y debía reiterarse (Solari 1983). Taquile se encuentra en territorio colla, de donde, según los quipucamayos informantes del virrey Francisco de Toledo (Levillier 1921-1926 IX: 268 y stes.), era originaria la costumbre de transformar a una persona en capacocha para sellar alianzas políticas, ya que mediante su oráculo podía decir si los aliados del Inca continuaban siéndolo, o no.

Nuestra propuesta acerca de este tocapu, que llamamos “consulta oracular a la huaca”, es que el mismo formó parte de un contexto político y religioso. Si su origen estuvo en Moche, es, entonces, otro rasgo retomado por los cusqueños y potenciado bajo su gobierno, asociándolo (entre otras formas y figuras) a la pichca, que en el Tahuantinsuyu se tallaba en madera, piedra o se modelaba en alfarería como una pirámide cuadrilátera trunca.

Respecto de otros contextos, el dibujo del tocapu 119 no se encuentra en el uncu Bliss, ni en otros uncu que pudimos ver; tampoco en los quero que pudimos observar. Pero, por otro camino, y como en el caso del tocapu 285, éste dibujo también atravesó una buena parte de la geografía y la cronología aportando al estudio de los estilos andinos una metáfora gráfica que, en cada uno de ellos, fue redibujada hasta el siglo XX.

Tocapu 285

En un trabajo previo mostramos la amplitud geográfica y cronológica que alcanzó este tocapu en el ámbito andino; se trata de un dibujo estilizado, esquemático, de las fauces de un gran felino, puma u otorongo. Éste último habría sido uno de los animales emblemáticos de los incas, según el escudo de Guaman Poma y los escudos solicitados por algunos curacas que colaboraron con la Conquista (Espinoza Soriano [1969] 2003; Arze & Medinaceli 1991, entre otros autores); además, Inga Roca y sus hijos, nacidos de una mujer de la selva, tenían la facultad de transformarse en otorongo a voluntad (Guaman Poma [1613]1987: folio 102: Gentile 2007b).

Esta creencia, humanos que podían transformarse en grandes felinos, es preincaica; la gráfica más antigua que conocemos, hasta ahora, proviene de la costa norte peruana; es una vasija globular con asa estribo, Cupisnique, que representa en su totalidad un rostro verticalmente bipartito, con rasgos felinos y humanos (Burger 2008: fig.10); en otra pieza Moche está dibujado el nacimiento de un tigre de una mujer (Gentile 2007b) y algunas piezas de piedra tallada del área andina argentina muestran esa posibilidad (Gentile 1999, cap.1). Lo notable es la continuidad de esta creencia en los Andes hasta el siglo XX, por lo menos (Sempé & Gentile 2006; Gentile 2007b), y la dispersión del dibujo también en otro tipo de soporte: la roca, ya que se lo encuentra en petroglifos de la puna de Jujuy. Y en el siglo XX, en las mantas de tejido industrial usadas para cargar desde un bebé hasta un televisor, sin olvidar las compras realizadas en el mercado, aunque no sabemos si sus usuarios conocen el significado antiguo de este dibujo.

La creencia graficada en este tocapu es diversa de la del Lobisón europeo, ser condenado a transformarse en lobo durante el plenilunio, es decir, sin voluntad, como sí la tiene el runa uturuncu andino.

Resumiendo lo dicho acerca de este tocapu, el paralelo entre creencia y diseño alcanzó extremos geográficos y cronológicos que se respaldan, unos a otros, y sostienen su significado.

Tocapu cuatripartito

Hay tocapu divididos en cuatro partes iguales, y éstos son, a su vez, de dos tipos: los que tienen colores alternados, sin otra clase de separación entre ellos; y los tocapu que tienen divisiones señaladas con marcos similares a los que lo rodean, y del mismo color. Estos marcos unen los lados por sus mediatrices; el diseño que se encuentra en cada una de estas cuatro partes, es el mismo pero puede haber rotado, espejarse o alternar el color dos a dos, combinando simetrías (Wolf & Kuhn 1960).

Si la división en cuatro partes del futuro Tahuantinsuyu fue obra de Pachacutec (Castro & Ortega Morejón [1558] 1974; Santillán [1572] 1968, entre otros), es verosímil suponer que los tocapu cuatripartitos se originaran durante su gobierno, y que tanto Topa Inca como Guaina Capac podrían haber agregado diseños similares más tarde.

En cuanto al significado particular, se podría considerar como uno de ellos al uncu de la figurita de oro que acompaña la capacocha del cerro Aconcagua, es decir, todo ese uncu sería un solo tocapu. Esta es una de las unidades de sentido mínimo que puede rotar y espejarse con referencia al sentido de la barra que une las diagonales, y esta flexibilidad en la reformulación del diseño va bien con la característica del personaje representado por la figurita de oro que, además, es un orejón: máxima autoridad para hacer las alianzas que convengan al Tahuantinsuyu.

Tocapu heráldico

Llamamos así a los que tienen figuras reconocibles de la heráldica europea; estos tocapu tienen un marco en color contrastante que no comparten con los tocapu vecinos, es decir, cada uno reafirma su característica de unidad de sentido per se pero todos los tocapu de un uncu o un quero, en nuestra opinión, forman un conjunto. Victoria de la Jara dedicó un capítulo, Signos para Títulos y Jerarcas, (1972: 69) en el que siguió de cerca las reglas de la heráldica europea, pero no tomó en cuenta a los tocapu que incluían este tipo de figuras. También David de Rojas y Silva decía que todos los tocapu eran poshispánicos y representaban genealogías e insignias personales (de Rojas 1981), asunto que retomó en un libro reciente.

Los tocapu que veremos a continuación se caracterizan por ser naturalistas, algo que no sucedía desde Huari (cabezas, calaveras) y las telas pintadas tardías de la costa peruana. En lo que sigue veremos una prenda poshispánica cuyo estudio es del mayor interés porque puede compararse con otras prendas, de forma similar pero prehispánicas.

Se trata de un uncu adquirido por Adolph Bandelier, a fines del siglo XIX en Murokata, cerca del lago Titicaca (Morris & Thompson 1985: 85, fig. VI); los topónimos que encontramos, hasta ahora, más parecidos a Murokata son el nevado Mururata, y una población Murorata cerca de Coroico, también en Bolivia.

El cuerpo del uncu comprende tres partes tejidas de corrido que, de arriba abajo son: una pechera en V de color rojo, bordeada con cuatro hileras de pequeños cuadritos vacíos en blanco, rojo, amarillo y azul. El cuerpo del uncu, a su vez, comprende las dos partes restantes; del borde superior hacia abajo, los tocapu están enmarcados y distribuídos en diez columnas por diez hileras en cuyo cálculo se tuvo en cuenta a los tocapu subsumidos “bajo” la pechera. Los dibujos que nos interesan están distribuídos en las dos hileras que siguen a éstas diez, y que anteceden al borde inferior del uncu. Excepto éstos, los tocapu del cuerpo del uncu están en la lista de Victoria de la Jara; en comparación con el Uncu Bliss, en éste se encuentran solamente el tocapu 49 (fondo claro, barra de izquierda a derecha) y el 50 (fondo claro, barra de derecha a izquierda). Si bien las dos hileras junto al borde inferior son las que llaman la atención, en el cuerpo de este uncu se encuentra otro tocapu, repetido 16 veces; está dividido en diagonal por una línea imaginaria quedando uno de los triángulos lleno por cinco hileras de pequeños cuadros, de colores graduados en sus tonos, que forman como una escalera sobre la que se encuentran, ya en la otra mitad pero sin apoyarse, dos pájaros que no pudimos identificar con claridad (Tocapu 2, 3, 4 y 5 de de la Jara); en nuestra opinión, este dibujo no es ajeno al diseño general del uncu, pero de momento excede nuestras posibilidades de estudio, de manera que lo reservamos.

El Uncu Bandelier tiene dos características que podrían servir como indicadores cronológicos alternativos; una de ellas es que las dos hileras inferiores tienen once tocapu en el ancho contra diez que tiene el resto del cuerpo de esta prenda; además, casi no se ha cambiado el alto de dichas hileras, que es un poco más que el alto del resto de los tocapu. El resultado fue que el espacio en el que se distribuyeron los dibujos es rectangular pero no cuadrado; este no es un caso similar al de los quero porque en esos vasos el artista artesano fue forzado, por el estrechamiento medio del objeto, a convertir en rectángulos los cuadrados de los tocapu; el uncu, en cambio, tiene el mismo ancho en toda la prenda. En este caso, los dibujos debieron tener un significado tan estricto que hubo que modificar el número de tocapu para contenerlos.

La otra característica es que el borde inferior carece de entorchado, pero el deshilachado del borde de las mangas y del cuello indican que esta prenda fue muy usada, que no quedó inconclusa. Morris & Thompson (1985: 85) decían que este uncu tenía hilos de oro entretejidos en el ruedo; como éstos no se aprecian a simple vista tal vez se tejieron como los otros hilos, sin formar borde. A modo de comparación, un uncu de un entierro de Pachacamac tenía un borde de hilo metálico entorchado sobre un alma de seda (Jiménez 2002: 11). Para facilitar los comentarios de los tocapu de las dos hileras que nos interesan, los numeramos en un orden adecuado solo para nosotros:


Las figuras son: dos grandes felinos, otorongo y león; Incas y guerreros; y un objeto, que es una panela atravesada con una saeta.

El otorongo, reconocible por el color de la piel y las manchas, parece su cuero extendido; la cabeza está de perfil, y sobre la frente caen dos plumas o la mascapaicha, insignia de los incas gobernantes. Comparte el espacio con: el león (1), un Inca (7) y la panela (15).

El león está representado de perfil, derecho e izquierdo; parado sobre sus cuatro visibles patas, la roja lengua fuera y la cola doblada sobre el lomo. Es la figura más grande y, tal vez por falta de espacio a lo ancho está “de pie” aunque no es rampante. Comparte tocapu con el otorongo (1), con la panela (6), con un Inca con escudo (11), con un soldado con lanza (14) y con un flechero que lo apunta con su arco (20).

Tanto Incas como guerreros visten uncu, cascos y armas (arcos y flechas, hachas, lanzas); uno de ellos viste el uncu correspondiente al Tocapu 1 (sensu de la Jara); en 2 está asociado con la panela y en 17 está junto a un flechero que lo apunta con su arco, dando apariencia de una escena. El resto de los hombres se encuentran de a dos en cada tocapu, vestidos de igual manera cada vez, danto la impresión de formar parte de un grupo de soldados, uno de los cuales (13) parece llevar, sujeta por los cabellos, colgando una cabeza de la punta de la lanza. Pero estos grupos se distinguen, a su vez, por el color de la ropa y los cascos. La forma de representarlos es similar a la que se aprecia en algunas pinturas rupestres y petroglifos de la puna de Jujuy, entre otros lugares del noroeste argentino (Boman 1908).

La panela atravesada con una saeta parece que es una figura poco común en escudos españoles; su presencia en estos tocapu podría explicarse por su similitud con un corazón flechado que, tal vez, indique victoria sobre un enemigo. En comparación, un uncu de Niño Jesús inca, de fines del siglo XVII, tiene guardas de tocapu y en medio de la prenda hay un corazón de formato muy similar a la panela (Numhauser 2006: fig.1); en este punto cabe preguntarse qué veían los indígenas y mestizos andinos en esta clase de figuras, y la aproximación a la respuesta la tenemos en casos como el del aspa con significado andino resignificada en la cruz de San Andrés para hacer coincidir la rogativa por agua para las chacras con la fiesta a este santo (Gentile 1994), o las alas del Diablo pintadas de colores porque no es el Diablo cristiano sino un monstruo andino diverso (Gentile 2007c).

En conjunto, estos tocapu semejan microsecuencias de un relato protagonizado por dos grupos de indígenas (Inca y selváticos) y españoles; los primeros representados personalmente y por su emblema, el otorongo, en tanto que los segundos por el león; la panela la consideramos resignificada como un corazón atravesado y posible metáfora gráfica de victoria, de unos u otros.



Comentarios

A partir de 1998, en nuestras publicaciiones sobre diseños andinos señalamos la importancia de forma y color como parte de un sistema de registro, almacenamiento y comunicación durante el Tahuantinsuyu. En este ensayo incorporamos datos al tema y revisamos nuestras indagaciones previas; otro propósito era ampliar las posibilidades que esta línea de trabajo ofrecía desde la Etnohistoria.

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Las asociaciones en las capacochas fueron importantes, pero no permitieron ir más allá del significado de dos tocapu, que podrían ser muchos más si contáramos cada una de las variantes de “alianza” pero, por ahora, hacerlo no parece que mejoraría la comprensión de dicho dibujo. Ambas figuras tienen la particularidad de ser, también, prendas por sí mismas, tanto en miniatura como a escala humana, y las personas que las vistieron estuvieron relacionadas con la expansión del Tahuantinsuyu, de manera que, desde un punto de vista cronológico, estos uncu datarían de la época de Pachacutec y Topa Inca Yupanqui, aunque su diseño básico sea preincaico como es el del Tocapu 1, que es un uncu también en Moche y Nasca.

Los Tocapu 119 y 285 tienen un registro preincaico muy amplio, que abarca casi todo el espacio y tiempo andinos, en tanto que el Tocapu 7 es una metáfora gráfica de Amaro Topa Inca muy precisa. El nacimiento de este Inca había sido predicho por el oráculo de Apurimac y tal vez por eso su escudo se intercala con cuadrados concéntricos que estuvieron pintados de blanco, el mismo dibujo que se encuentra en la alfarería de Nasca asociado con arañas, las cuales, a su vez, fueron parte de una manera de oráculo (Arriaga [1621] 1968: 226); entonces ¿el Apu Rimac se expresaba mediante arañas?. Las correspondencias entre Nasca e Inca las tratamos en otro trabajo (Gentile 1996), pero notemos la continuidad hacia atrás en el tiempo, ya que entre los geoglifos de la pampa de San José hay una araña, y se hallaron collares representando arañas en sus telas, en la tumba del Señor de Sipán (Alva 1994).

En cuanto a los tocapu cuatripartitos, podrían datar de la época de la organización del Tahuantinsuyu, pero las precisiones solamente se alcanzarán con más estudios comparativos.

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Como venimos de ver, solamente dos tocapu fueron tejidos como uncu, en escala miniatura y humana; los otros, no. En las piezas prehispánicas que tienen diseños geométricos éstos son más simples; vale preguntarse, entonces, acerca del origen de tal cantidad y variedad de tocapu tan complejos, especialmente en uncu y quero, dos objetos de prestigio que el Inca solía regalar a los curaca aliados para que se mostraran con ellos; y si son pre o poshispánicos.

Durante el Tahuantinsuyu, la alfarería y las telas (pintadas o tejidas con dibujos), correspondientes a las culturas coetáneas andinas tenían dos colores, a lo sumo, tres; la policromía era patrimonio cusqueño, controlado porque el color significaba. Además, Viracocha Inca usaba “figuras” para comunicarse con sus ministros, las cuales podrían haber sido reformuladas en sus significados por Pachacutec pero, en todo caso, la destrucción de las momias de los incas nos privó de conocer la ropa que los acompañaba y la cronología relativa de sus diseños. La intensa persecusión de las idolatrías lleva a pensar que otra gran parte de estos uncu y quero se perdieron; así, el resguardo de los dibujos quedó confiado a la memoria de quienes los tejieron.

Expresado de otra manera, forma y color eran patrimonio de la elite, no estaban a disposición de todos. No, hasta que la posibilidad de ascenso social de los segundones, (curacas asalariados, como los llamaba Guaman Poma), hizo emerger de la memoria de quienes tejían unos dibujos no demasiado conocidos. Los cronistas admitieron, en general, que las acllas tejían las prendas de cumbi para el Inca, pero ¿comprendían el significado de sus dibujos?.

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Luego tenemos los tocapu heráldicos. En el Uncu Bandelier las figuras son muy pequeñas, como se puede ver por la escala, están representadas con detalle y en cada tocapu hay dos; si había gente capaz de tejer según normas prehispánicas, y disponían de tiempo para hacerlo, es muy probable que estuviesen exceptuados de otro tributo; notemos que este oficio alcanzó a registrarlo, para la costa y la sierra, el licenciado Francisco Falcón en 1571: “... Llano pachac compic que hazian ropa rica para el Ynga. Haua compic camayo, que hazian ropa basta.” (Rostworowski 1975: 335).

Las figuras de este uncu son naturalistas al punto de sugerir la posibilidad de que se trate de microsecuencias de un relato cuya dirección no conocemos. A modo de comparación, notemos que Pablo Macera había detectado una lectura de derecha a izquierda en La victoria de Sangarara, una escena pintada en el siglo XIX; en ella, el maestro Tadeo Escalante dislocó el orden del relato histórico porque reservó la zona central, visualmente privilegiada, para ubicar el retrato de Túpac Amaru (Macera, 1975 a: 16-17). Si se aplicara esta forma de lectura a los tocapu junto al borde inferior del Uncu Bandelier, habría que decidir por dónde comenzar, si por el número 11 o por el 22; y como continuarla, si por el 1 o por el 12; el recorrido de cualquiera de estos circuitos da un relato verosímil sobre algún punto de la historia hispano-indígena. Pero los tocapu 6 y 17 son centrales; sus temas, el león y la panela-corazón atravesado, ¿indican una derrota española?; en tanto que el Inca que viste el uncu-Tocapu 1 y es amenazado por un flechero, si se trata de un selvático, ¿remite a alguna de las varias sublevaciones que hubo en esa región durante los gobiernos de Pachacutec y Topa Inca?; y el león del número 20 también parece atacado, de manera que la historia trasciende la Conquista donde también hubo guaçabaras con los chunchos. El otorongo, vivo o muerto, coronado con las plumas blanquinegras del coriquenque o con la mascapaicha ¿es el emblema de los Incas prehispánicos? ¿o el de los curacas asalariados en pleno ascenso social?. Otra: si el uncu fue comprado cerca de Coroico, la presencia de selváticos en estos tocapu encontraría un respaldo. No obstante lo sugestivo de estas acotaciones, para perfilar una lectura se necesita analizar muchas más prendas.

Pero, sin duda, los tocapu de este uncu están referidos a asuntos de la elite del momento, alguno de cuyos miembros lo vistió y otros los miraron, pero en un ámbito restringido; esto porque, alrededor de 1568, Cristóbal de Albornoz aún insistía en que había que destruir estos bestidos axedrezados que les recordaban a los incas sus victorias, etcétera (Duviols 1967: 22). Que ésta, las anteriores y las sucesivas prohibiciones fueron ineficaces lo prueba el hecho de que, en 1658, el farsante Pedro Bohorquez se pudo vestir de inca para cierta ceremonia ante el gobernador de Tucumán (Torreblanca 1696 f.19v).

Si estas prendas eran prehispánicas, debieron ser bien resguardadas de las campañas de extirpación de idolatrías; y si hubo tejedores poshispánicos capaces de realizarlas, debieron ser protegidos por los curacas.

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El estudio precedente permite, también, discriminar algunos indicadores cronológicos alternativos. Los dos uncu-tocapu que acompañaban a las capacochas, y otros iguales que se hallaron descontextuados, se caracterizan porque sus dibujos no están enmarcados; entonces, si los tocapu de un uncu están rodeados, cada uno, por un marco a falta de otro indicio dicho uncu podría ser considerado poshispánico; así se presentan en el Uncu Bandelier, que es una prenda seguramente tejida después de la Conquista.

Otro indicador es el hilo de metal; en el Uncu Bandelier no se aprecia a simple vista si se trata de un alambre tejido como un hilo más, (que podría ser prehispánico) o del hilo de seda entorchado con oro (que podría ser poshispánico), como en el uncu de Pachacamac. Esto dicho sin perder de vista que la costura con hilo dorado podría ser poshispánica sobre un uncu prehispánico.

Si el tema de los dibujos son figuras heráldicas, éstas son, ampliamente, un indicador cronológico; pero decir cuánto se acercan esas representaciones a un punto histórico determinado necesita más estudio. Otro indicador cronológico que surge de este ensayo es el uso del espacio; en el Uncu Bandelier se tejieron las dos hileras de tocapu junto al borde inferior con más cuadros en el ancho que el resto del uncu, rompiendo la simetría del conjunto pero respetando, a nuestro entender, la gráfica del relato.

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Amaro Topa Inca, especialista en temas astronómicos y agropecuarios, representado por el Tocapu 7, no se encuentra en el Uncu Bliss; como aproximación a la comprensión del significado de los cuarenta y ocho dibujos geométricos que lo componen, decimos que tal vez ese uncu narre guerras y sus acuerdos (Tocapu 1 y Tocapu 49 a 52). De esta manera, quedarían provisoriamente asociados a ese tema todos esos dibujos, pero con cargo a confrontarlos en otros contextos.

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Aunque ya no parezca inverosímil plantear que las hileras y columnas de tocapu puedan haber sido parte de aquella manera de comunicación que compartían el Inca Viracocha y sus ministros, no se debe perder de vista el comentario de Pablo Macera respecto de lo bien que el estilo mudéjar, colorido y geométrico, se asentó en algunos puntos de la sierra peruana (Macera 1975b).

Tendríamos, por una parte, en la región donde Viracocha Inca se retiró luego de la victoria de Pachacutec sobre los chancas, un reservorio del conocimiento de las claves para comprender aquellas figuras; y aunque no se pueda asegurar que sus significados no se hayan perdido tras la muerte de este Inca, teniendo en cuenta los métodos tan drásticos de Pachacutec, notemos que la costumbre de graficar la Historia sí perduró, como se puede apreciar en la cantidad de capillas y edificios particulares con murales y tallas que retrotraen a temas caros a los dueños de casa; la mayoría de estas representaciones fueron documentadas en la región de mayor influencia incaica, en la que tanto se encuentran la imágenes naturalistas, renacentistas como las geométricas, mudéjares (Macera 2009: 48, inter alia), éstas últimas aúnando geometría y número, dos rasgos que en su momento fueron imprescindibles para construir, sostener y expandir el Tahuantinsuyu, tocapu y quipu, respectivamente.

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Los tocapu que hasta ahora permiten una aproximación a su significado son los que presentamos en el siguiente cuadro, ordenado según una cronología relativa:



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Glosario

Aquilla: vaso de oro, plata o plata dorada, de boca más ancha que la base, más pequeña que el quero.

Capacocha: conjunto de objetos ofrecidos por el Inca o la Coya en circunstancias especiales; podía incluir una o varias personas jóvenes, cuyo oráculo se consultaba periódicamente.

Ceque: caminos ceremoniales que irradiaban del Coricancha; unían puntos donde se realizaban ofrendas periódicas; su límite geográfico eran las alturas que rodean la ciudad del Cusco.

Colca: depósito de paredes, techo y piso de piedra, con sistema de ventilación regulado; su forma exterior indicaba el producto almacenado.

Cumbi: tejido de lana de vicuña o alpaca, de hilados y teñidos muy finos y multicolores.

Chacra: terreno cultivado.

Chumpi: faja, cinturón sin hebilla; prenda de uso femenino.

Huaca: ancestro andino divinizado; origen del grupo familiar o aillu.

Llauto: cinta tejida, con dibujos, que se llevaba dando varias vueltas alrededor de la cabeza.

Mascapaicha: cinta y borla tejidas con determinados colores y dibujos, que solo podía usar el Inca.

Mullo: Spondylus, valva de un molusco de aguas cálidas cercanas al Ecuador; su color exterior va del rojo al blanco, según la profundidad donde se cria.

Otorongo o uturunco: tigre americano, Pantera onza.

Pichca: pequeña pirámide cuadrilátera truncada, de madera, cerámica, piedra o hueso; sus caras tenían grabados o dibujos; servía para consultar a un oráculo andino ya que, tras haber realizado la ofrenda a la huaca y la pregunta correspondiente, el oficiante la arrojaba al aire y según caía dejando ver cierto dibujo, esa era la respuesta de la huaca.

Puma: león americano, Felis concolor.

Quero: vaso de madera cuya boca es más ancha que la base.

Quipucamayo: especialista incaico en anudar y leer los quipu.

Runa uturuncu: hombre andino que puede transformarse en otorongo a voluntad; capiango.

Uncu o cushma: tipo de poncho cosido a los lados dejando aberturas para pasar la cabeza y los brazos; prenda de uso masculino.

domingo, 29 de agosto de 2010

Churata: el vanguardista del Siglo XXI


Escribe: Camilo H. Sánchez Serruto

Riccardo Badini, profesor e investigar italiano, natural de la bella villa de Toscana, de los verdes valles vineros, estuvo en Puno a presentar el libro inédito durante mucho tiempo de Gamaliel Churata, Resurrección de los muertos.


¿Riccardo, de dónde nace tu inclinación hacia los estudios literarios latinoamericanos, y más concretamente a desandar las huellas andinas de nuestra literatura de esta parte del Altiplano?
Todo empezó cuando era estudiante de universidad. Empecé con clases de literatura española. Me di cuenta que con la lengua española podía ingresar a un mundo mucho más grande, y quizás proviniendo de una ciudad medieval, una ciudad muy cerrada, por cierto muy bella que aún tiene su muralla. Sentí la necesidad de irme lejos. La legua española me involucró a esta partida. Me encontré con la cultura peruana porque en ese entonces mi profesor era un peruanista, Antonio Mellis, y creo que me contagió su interés por el Perú. Y desde ese entonces sigo encontrando al Perú un país culturalmente rico.

Y ahí es donde poco a poco encuentras…En los cursos que hice sobre Guamán Poma de Ayala, José María Arguedas, José Carlos Mariátegui. Esos autores me dieron una ruta que delinearon mi interés. Pero también estaba muy interesado en la traducción. Me encanta la traducción. Traduje la poesía de Carlos Oquendo de Amat. Lo que me sedujo de la traducción es cómo puedes traducir un mundo tan lejos de la lengua occidental, esa cuestión de la lógica de cómo puede tener espacio, por ejemplo, la andina, dentro de la escritura occidental que ya tiene definida su lógica dentro de la escritura. Y ahí es donde encuentro a Churata.
De Churata leí un escrito de Cornejo Polar que me pareció interesante. Así le comenté a mi profesor, y le hable de la posibilidad de realizar una tesis. Bueno, los intereses eran comunes. Es entonces que inicio la búsqueda de Churata. En ese momento se contaba con un casi inexistente material bibliográfico de Churata. Empecé con Historia del vanguardismo puneño de José Tamayo Herrera.

¿Pero qué fue lo que te cautivó para que te interesaras en este autor?
En esencia, creo que me pareció interesante el hecho de que en la década del 20, acá en Puno, una zona no central, una zona, digamos, marginal se diera un fenómeno tan rico culturalmente como el Grupo Orkopata. Y él, en este movimiento fue importante dentro del vanguardismo latinoamericano. Es uno de los casos muy raros de fusión de vanguardismo con indigenismo. Hasta los años 80 había una tendencia en la crítica literaria de considerar la vanguardia latinoamericana un poco como un epifenómeno de la vanguardia europea, pero con el Grupo Orkopata se le da vuelta a esta percepción. Hay casos felices como los antropófagos brasileños. Entonces, Churata que le quita la paternidad occidental a la vanguardia. La vuelve a bautizar dentro del fenómeno de la entraña americana. Churata encuentra que dentro de las lenguas indígenas ya tenían una forma parecida de metaforizar. Y lo que hizo Churata es que mientras miraba hacia el pasado miraba el futuro. Siendo antiguos se vuelve a hacer modernos.

Todo este mundo te va capturando conforme lo vas conociendo, y es dónde decides tomar a Churata.
Sí. Ese mundo me cautiva. Siempre me parecieron interesantes los contactos culturales, más que todo cuando hay la posibilidad de quitarle una forma hegemónica que siempre tuvieron. Una forma de rescatar su mundo producto de la marginación. En este momento de vanguardia, de inquietudes, de intercambio es como una forma de rescate que hace Churata del mundo andino.
Cuando hice mi primer viaje a Perú, a finales de los años 80. Ahí empecé de manera fuerte mi investigación sobre Churata. Pero después me doy cuenta que leyendo, o tratando de leer El Pez de Oro, porque es una obra bien difícil, como también lo es Resurrección de los muertos, pero me di cuenta que ya empezaron a aparecer autores a interpretar, a dar su interpretación crítica de El pez de oro. Y por las características de este texto tan abierto, tan susceptible a múltiples perspectivas o enfoques interpretativos, y como decía Churata, que había inéditos. Y pensé que lo importante en ese momento era buscar esos inéditos, a fin de que se pudiera entender más la obra de este autor. A fin de establecer algunos puntos fijos en su discurso, en su imaginario, y ahí empezó la búsqueda de los inéditos.

Realmente te propusiste una tarea enorme conseguir sus inéditos, teniendo en cuenta que la familia de Churata ya no está más en Perú hace décadas.
Así es. Entonces el reto era descubrir si realmente existieran esos inéditos, y las condiciones en que se encontraban, y si era posible editarlos.

¿Cuál es la primera pista que sigues para dar con estos inéditos?
Lo primero fue que obtuve el nombre de tres de los hijos de Churata. Antes ya hice mis pesquisas en bibliotecas, de todo lo relacionado al grupo Orkopata, a sus integrantes, a Churata. Cuando estuve en Puno, por la biblioteca puneña, indagar de cuáles fueron los libros que pedía Churata en el momento en qué era director de la misma. También lo importante era establecer cuáles fueron las fuentes del pensamiento de un autor, así tan particular como Churata. Y las pesquisas de los inéditos no iban a pasar por bibliotecas. Y en quiénes podían estar esos inéditos era obviamente la familia. Y más concretamente los hijos. Entonces con esos tres nombres me di a la tarea de buscarlos. Empecé con el buscador web de la época: Altavista, y me dio la dirección y número de teléfono de Fedor Peralta. Así me puse en contacto con Fedor, llamándolo por teléfono a Nueva York. Fue muy amable desde el comienzo cuando yo le dije que era un investigador italiano que estaba investigando la obra de su padre, él se animó muchísimo, y quedamos que cuando yo pudiera lo visitaría en Nueva York. Así lo hice un año después.

Entonces haces contacto con los hijos de Churata.
Me encuentro primeramente con Fedor que me invita a vivir a su casa y que me recibe realmente como a un hermano. La sensación es la de sentirme hermano. Fedor me habla que los inéditos los tiene Amarat, y que vive en Miami. En este viaje no pude recopilar los inéditos. Espere dos años, mientras trabajaba en su bibliografía, cuando tuve la oportunidad de hacer un viaje, me fui a Miami. Amarat, me recibió con la misma gentileza y calor de Fedor. Me prestó su carro para ir a fotocopiar los escritos de su padre. Me dio todos los inéditos, le saqué copias a todo el baúl donde tenía las cosas de su padre. Me quedé dos días encerrado en la fotocopistería con el brazo adolorido pero feliz. Me di cuenta de ese hallazgo era tan fuerte, de mucha responsabilidad, y estaba preocupado de cómo manejar tamaña responsabilidad.

¿Cuánto fotocopiaste?
Fueron más de mil copias las que saqué.

¿Y ahí estaba Resurrección de los muertos?
Sí, ahí estaba. Pero había tres versiones. Una más integras que las otras que ya tenían cierto trabajo filológico. Porque un hijo de Gamaliel Churata que se llamaba Teófano, Churata tuvo dos hijos llamados Teófano, uno que murió en los años 20, y después otro hijo Teófano, que se sabe muy poco. Churata tuvo varias señoras. Varios compromisos que fueron importantes en su vida. Teófano estaba en silla de ruedas, pero fue el único hijo que tenía la capacidad de trabajar sobre la obra del padre, y se propuso reeditar los inéditos. Entre estas tres, encontré una versión que tenía numeración. Es decir, había sido enumerada a mano con un lapicero. Y me encontré con una versión trabajada por Teófano y otra más o menos paralela a esta que presentamos, pero que difieren. Otra versión muy pequeña. Todo esto estaba entreverado. Había que seguir ese trabajo de separación, y son tantas páginas y además con la escritura de Churata, es para volverse loco, que no es una escritura lineal que cuando acaba una página tu estas seguro como sigue el discurso en la siguiente. Esto fue un trabajo difícil. Emergió una versión pequeña, teatral de Resurrección de los muertos, de más o menos 150 páginas. Es una versión destinada a la interpretación teatral. Esta dividió en doce actos. Tiene un lenguaje más cercano a la perspectiva escénica, con más ironía, con más juego lingüístico, y con bastantes acotaciones. Este texto también es importante editarlo y en eso estoy.

¿Encontrarse más escritos de Churata en ese baúl?
Claro. Tiene poesía. Es de imperiosa necesidad editar su poesía. Churata tenía esa actitud, podemos decir, vanguardista de abarcar todas las expresiones artísticas. Una actitud muy moderna. Por ejemplo, dentro de esta versión teatral de la que te hablaba, se encuentra como si fuera un personaje, el ecran, la pantalla, una perspectiva de mezclar distintos códigos. El cine dentro del teatro. De mezclar los niveles de representación de la realidad. Algo que se ve hoy, pero en ese entonces muchos no entendieron a Churata. Por ejemplo, recién hoy se puede apreciar esto en el grupo teatral Yuyachkani que se puede decir son los más vanguardistas del teatro peruano. Churata, anteriormente ya había pensado una experimentación muy fuerte.
Entregué a los Yuyachkani esta versión teatral de Resurrección de los muertos, a Miguel Cayo, que es puneño, que vive y trabaja con ellos. Ellos me regalaron una actuación estupenda en la presentación de Lima. Un poco para quitarle ese academisismo porque Churata era muy anti académico.

Lo que muchos puneños no han podido concretar en más de 40 años, has conseguido rescatar, recuperar y publicar uno de los libros inéditos de Gamaliel Churata “Resurrección de los muertos” del que en Puno se hablaba y comentaba que existía, pero del que nunca se pudo encontrar huella ni rastro. ¿Cómo te sientes al haber alcanzado solo y sin mayor apoyo, lo que todo un pueblo, supuestamente culto y emprendedor, no pudo lograr?
Tengo que decirte que no me he sentido solo en este viaje. Los puneños me han ayudado. Los hijos de Churata. Más me siento partícipe de una comunidad. Claro, después hice mi trabajo duro, pero en cierto momento me sentí solo, allá en Italia, sin nadie con quien hablar de Churata. Tengo que decir que mi novia me apoyó muchísimo y se apasionó mucho con Churata. Tampoco tenía otra opción, pobre de ella, muchos sábados o domingos estaba con Churata no con ella. Pero me ayudó muchísimo; aparte de eso siempre encontré en los puneños una actitud benigna y generosa hacia mí. En Puno sigue viviendo Churata y sobre todo en los jóvenes.

¿Cuánto te ha “desordenado interiormente” Churata?
Me ha enseñado que es importante tratar de desmoronar parte de nuestro mundo lógico. No puedes desmoronar todo, tenemos necesidad de unas bases en nuestro pensamiento. Me ha enseñado que nes un ejercicio que se puede hacer. Tratar de desmoronar algunas bases del pensamiento, eso te da la capacidad de hacer un espacio donde puedes escuchar otra lógica, por ejemplo, la lógica indígena. Churata no es indígena fue indigenista, pero tuvo la capacidad de poner los dos mundos en relación de manera tan profunda, y de provocar este vacío en mi lógica occidental. Ahora esto me ayuda a enfrentar la producción indígena. Ahora que me voy a la Amazonía donde me encuentro con algunos aspectos del pensamiento amazónico y no me suena completamente nuevo. Todo esto lo he percibido estudiando a Churata.
Churata se tomaba en serio las contradicciones sobre un mundo ágrafo como el mundo andino. Aun hasta con su ironía, era muy irreverente, iconoclasta.

¿Luego de estos años e indagar y estudiar de cerca a Churata, qué crees que quiso decir con todos esos escritos tan lejanos, tan difíciles?
Es difícil sintetizar a Churata. Porque es un autor que tiene una actitud enciclopédica hacia el conocimiento. Nos da confianza en que a través de la escritura se puede cambiar la realidad, se puede cambiar los ejes profundos del pensamiento occidental. Entonces tenemos un autor que desde una realidad marginal que era la de Puno, se yergue como un Titán frente a la tradición, y la cambia completamente.

¿Su intento no era reivindicar el mundo andino, esa cultura y gente sojuzgada y perdida por la invasión española?
Su afán era lo universal. Su afán parte de lo andino para ir hacia lo universal.

¿Crees que ese fue el gran mérito de Churata?
Claro. Universaliza el pensamiento andino.

DE SU PADRE

“Tenía muchos recuerdos de su padre. Me comentó varias anécdotas de su padre. Por ejemplo, de la vida bohemia de su padre, del tiempo de Orkopata, de Gesta Bárbara, y el recuerdo del niño de que siempre escuchaba el golpeteo incesante y continuo de la máquina de escribir de su padre. Eso fue lo que más recuerda Fedor. Churata era un escritor febril, volvía sobre los textos ya escritos, para corregirlos. Fedor encontraba a su padre siempre sobre los escritos, corri-giendo. El recuerdo de su primera esposa que la había rebautizado con el nombre de Brunilda, y que tenían dos hijos: Teófano y Clemencia los que murieron en los años 20. Este fue un evento que traumatizó a Churata. También dentro de su obra Resurrección de los muertos, influye estos elementos personales de la pérdida de los dos hijos y la esposa. Pero Churata tiene la capacidad de transformar este casi monumento fúnebre en una obra densa de vitalismo y de mucho de visionario.”
“Fedor me contaba que tenían en la casa un altar dedicado a Brunilda, su primera esposa, y que la siguiente esposa tenía que rendir homenaje a Brunilda. Churata, siempre les hablaba de la Brunilda a Fedor y Amarat.”
“Un hijo de Churata quería ingresar al seminario, y el otro quería ser militar. Y Churata, a los dos les dijo: “Miren hijos, en mi casa, nada de sotanudos ni uniformados”

miércoles, 25 de agosto de 2010

Riccardo Badini presentó libro sobre Churata: Resurrección de los muertos

Escribe: Camilo H. Sánchez Serruto

En una histórica presentación para la historia literaria de Puno, se presentó ayer, el libro Resurrección de los muertos, del padre de la escritura puneña, Gamaliel Churata, que estuvo por muchos años esperando el feliz encuentro con los lectores. Como marco presencial la intelectualidad y amantes culturales dieron la hora 7 en punto en las salas del Club Kuntur, mientras que la mesa estuvo servida por Juan Luis Cáceres Monroy, José Luis Ayala, Feliciano Padilla Chalco y como vino de Cerdeña, del corazón del mediterráneo, Riccardo Badini, feliz investigador que nos trajo las almas churatianas con la edición y nota crítica de la principal carta del menú: Resurrección de los muertos.

Libro de cerca a 700 páginas que nos acerca más al universo creativo en expansión de Churata. Después de varias vicisitudes para su publicación se logra, no sin antes como Riccardo lo señalara, “sobre todo al enorme apoyo que recibí de los hijos de Churata”, este libro es posible. Hoy, podemos seguir las huellas latentes del hombre puente. Los interesados en adquirir el libro lo pueden hacer en la oficina del CENDOC, calle Lima. A servirse del menú.

La voz de los otros, en la voz de Badini
“Churata ya tenía la percepción de unir dentro de una hoja varios códigos. Una actitud vanguardista de abarcar varias expresiones artísticas. Así como lo entendieron los orkopata, Churata impulsó en los integrantes del grupo, la pasión por la poesía en Alejandro Peralta; del cuento en Mateo Jaika; del teatro en lengua Quechua en Inocencio Mamani…”

“Al investigar a Churata me ha enseñado a hacer un vacio dentro de mí; es decir de desmoronar mi conocimiento lógico. Desmoronar mi conocimiento sobre los cuales se asienta toda la estructura de la crítica literaria que al fin de cuentas es una crítica occidental”

“De la Resurrección de los muertos, existen tres versiones, más o menos trabajadas. Había un trabajo posterior en los inéditos realizados por manos de Teófano, el segundo Teófano de Gamaliel Churata.”

jueves, 12 de agosto de 2010

UN NUEVO LIBRO SOBRE CARLOS OQUENDO DE AMAT


El ensayo es un género de inquisidores, de aquellos que se interrogan incensantemente sobre temas claves. Todo buen ensayo es provocador, pues busca incentivar la polémica y producir nuevas interpretaciones que echen luz acerca del objeto de estudio. Selenco Vega Jácome (Lima, 1971), poeta y narrador laureado, acaba de publicar Espejos de la modernidad: vanguardia, experiencia y cine en 5 metros de poemas (Lima: Universidad San Ignacio de Loyola, 2010).

El libro comienza con una frase de Mario Vargas Llosa, quien al recibir el Premio Rómulo Gallegos de 1967, evocó la figura de Carlos Oquendo de Amat: "Hace aproximadamente 30 años, un joven que había leído con fervor los primeros escritos de Bretón, moría en las sierras de Castilla, en un hospital de caridad, enloquecido de furor". Dicha sentencia del escritor arequipeño sirve a Vega como un acicate para adentrarse en 5 metros de poemas. Se analizan los rasgos vanguardistas de este poemario poniendo énfasis en su estructura interna y carácter visual. Asimismo, se plantea una confrontación entre la vanguardia europea y la desarrollada en Latinoamérica, donde cobró auge el influjo del surrealismo, el cubismo, el futurismo y el ultraísmo. Vega se centra en dos autores esenciales para caracterizar la recepción crítica de la vanguardia europea en el Perú: José Carlos Mariátegui y César Vallejo. El Amauta vio el fenómeno vanguardista como una posibilidad de superar la herencia hispana; el poeta de Trilce criticó duramente el surrealismo considerando a este como una mera receta de hacer poemas.

Posteriormente, Vega hace un balance de la crítica sobre Oquendo de Amat examinando los aportes de Luis Monguió, Luis Alberto Sánchez, Augusto Tamayo Vargas, Carlos Germán Belli, Mirko Lauer, Raúl Bueno, Edgar O'Hara y Ricardo González Vigil. Este procedimiento permite que el investigador dialogue creativamente con las ideas de los críticos que han estudiado 5 metros de poemas. Ello lleva a Vega a interrogarse sobre el papel que cumplen el cubismo, el futurismo, el creacionismo, el ultraísmo y el simultaneísmo poético en el poemario de Oquendo de Amat. La noción de ruptura de la linealidad, tan vigente en la poética cubista, cobra relieve en la estética oquendiana. En tal sentido la corriente literaria de Guillaume Apollinaire implica una idea de espacio absolutamente distinta, donde dialogan la pintura y la poesía de modo fructífero.

En la segunda parte de Espejos de la modernidad..., se desarrollan los fecundos lazos entre el cine como discurso y 5 metros..., sobre la base de las propuestas de Walter Benjamin y su teoría de la experiencia. Sabemos que el pensador alemán distinguía entre "experiencia irrepetible" y "experiencia repetible". En la modernidad predominan las experiencias automatizadas, hecho que se observa en el cine y su reproducción técnica: de una película se pueden sacar infinitas copias y ello implica la pérdidad del aura, ese momento irrepetible en el cual el sujeto capta el mensaje de una obra y así se inserta en la tradición y la historia. Partiendo de esas ideas de Benjamin, Vega aborda el papel que tiene el cine en 5 metros analizando poemas como "Réclam" o el "Film de los paisajes". Cine, modernidad, Nueva York son ejes fundamentales para comprender plenamente la cosmovisión del poeta peruano.

Espejos de la modernidad... es un libro imprescindible para la hermenéutica de la obra de Oquendo de Amat. Hay una prosa fluida, un buen rigor metodológico y un recorrido apasionante por los vericuetos de la obra de Carlos Oquendo de Amat. Mención especial merece la cuidada edición de la Universidad San Ignacio de Loyola que inaugura, con este libro, su Unidad de Publicaciones, destinada a difundir los aportes de sus profesores e investigadores. En fin, el volumen de Selenco Vega confirma que en él no solo hay un poeta y narrador de polendas, sino también un ensayista sugestivo y polémico.

“Churata es un escritor que vino del futuro”


Peruanista italiano Ricardo Badini acaba de publicar libro inédito de autor puneño. Resurrección de los muertos fue hallado en Nueva York en poder de los herederos del escritor. La obra permitirá conocer mejor El pez de oro, gran libro
del autor.


Escribe: Pedro Escribano

En: LA REPUBLICA 11 agosto 2010

El profesor peruanista italiano Ricardo Badini escribió en el buscador Google “Fedor Peralta”. El rápido resultado arrojó una dirección y un teléfono en Nueva York. Llamó. Le contestó Fedor Peralta, uno de los hijos de Arturo Peralta o “Gamaliel Churata”, el gran autor de ese formidable libro que es El pez de oro.

Así Badini, con tan solo teclear “enter” –milagros de la tecnología–, se puso en contacto con los herederos del fundador del grupo literario vanguardista puneño Orkopata y Boletín Titikaka. Después, cuando tuvo las condiciones, llegó donde Fedor, quien guardaba un viejo baúl que contenía inéditos de “Churata” como poemas, cuentos, teatro y entre ellos, el original de Resurección de los muertos, un libro singular que acaba de publicar con un estudio del mismo y que ha sido editado por la Asamblea Nacional de Rectores.

Ricardo Badini es un estudioso interesado en la literatura hispanoamericana. Cuando era estudiante en la Universidad Studi di Cagliari, estuvo bajo el magisterio de Antonio Melis. Lecturas del poeta Oquendo de Amat –a quien ha traducido–, Guamán Poma y sobre todo Arguedas lo acercó a la literatura peruana. En ese universo, en los años 90, conoció la obra de “Gamaliel Churata”.

“En varios textos, él habla de sus inéditos. El asunto era buscarlo, se me ocurrió ingresar a internet y los encontré. En mi trabajo me ayudaron todos los amigos peruanos. Fedor y su hermano Amarat fueron generosos. Amarat desocupó a sus hijos de su habitación para hospedarme a mí. Esos gestos nunca terminaré de agradecer”, expresa Badini.

Resurección de los muertos está escrito en forma de diálogo, en el que el “Profesor Analfabeto”, alter ego de “Churata”, interpela a Platón en una audiencia planetaria y trata de convencerlo de la grandeza de la cultura andina.

–¿Qué aspecto capital halla en Resurrección...?

–Un aspecto fundamental de “Churata” es que él se asume a sí mismo como un ser clave por ese cruce de culturas como ocurrió con Guamán Poma de Ayala, Dante, Homero. Y marca un antes y un después. Es decir, alguien que se pone en un momento en la historia y trata de acabar con lo que hay de tradición para crear algo nuevo. Tenía esa actitud titánica. Trata de hacer una nueva síntesis del conocimiento humano, diría una nueva enciclopedia.

–¿Cómo es su escritura?

–En este caso, Resurrección… es distinto que El pez de oro. El pez..., por algunos datos, es más vanguardista, completamente agenérico. En este texto se somete en alguna forma a la lógica discursiva porque escoge el diálogo filosófico en el que el personaje, el “Profesor Analfabeto”, se enfrenta a Platón. Además, con todos los códigos de la ironía andina trata de humanizar a su interlocutor. Le dice Plato, le dice chua, que es plato en quechua. Le dice chuita, o sea platito. Utiliza una serie de formas de juego para convencer a Platón de que hay inventos filosóficos que han apartado al ser humano de su raíz animal, de la posibilidad de estar dentro sí mismo o en la naturaleza. Crea una idea de vacío, distingue esencia y sustancia. Su ser andino se opone a la idea de muerte.

–Dice: la muerte es mentira.

–La cultura andina está orientada hacia el pasado más que la occidental. En la cosmovisión andina los muertos están debajo de la tierra como semillas. Así los muertos propician la fertilidad del terreno, pero también el porvenir. Toma esta visión y la traslada, con un salto muy audaz, del plan psicológico al plan biológico dentro del ser humano. Así, los antepasados, en forma de genes, están dentro de los vivos. Así, el ser humano no es un individuo, sino una colectividad.

–¿Ironiza para detractar a su interlocutor?

–La ironía no solo viene del “Profesor” con respecto a Platón, sino también de las voces que son lo máximo de una forma de ironía popular. Es un sarcasmo de 360 grados en la que el mismo “Profesor” está dentro. Esos códigos burlescos que están en todas las culturas y que es la forma de poner a prueba al extranjero para después familiarizarse con él.

–¿Quién era “Churata” para asumir tareas titánicas?

–Era un lector omnívoro y sobre todo autodidacta. Eso le permitió ser antiacadémico de una visión cultural de 360 grados. Mucho de lo que él cita está en el almanaque Bristol y Reader’s Digest. Era una antena. Percibía el contexto y lo reinterpretaba a través de sus códigos culturales andinos.

–No lo entendieron en su tiempo ni mucho después.

–No, era demasiado moderno. Es un escritor que vino del futuro. Tenía una capacidad de desmoronar todo. Lo que más me ha enseñado es lo importante de hacer un vacío dentro de uno mismo para escuchar a otras culturas, para oír a las otras voces. Es un poco la deconstrucción, aunque no la derridaniana, que también está en este texto, sin embargo realmente lo valioso, recalco, es la capacidad de hacer un vacío en la estructura de nuestro pensamiento y con ello escuchar las otras voces. Ahora con eso no estoy diciendo que “Churata” es indigenista, No lo es. Yo también estudio la literatura indigenista y el encontrar ese vacío del autor me ayuda a escuchar la voz indígena.